P. Gonzalo Viaña, MC

“Llegaron a la iglesia de Lindisfarne y causaron los más terribles estragos; profanaron los lugares santos, destruyeron los altares y se llevaron todos los tesoros de la sagrada iglesia. Mataron a algunos de los sacerdotes; a otros se los llevaron encadenados; a muchos los expulsaron cubiertos de improperios; a algunos los ahogaron en el mar”. Así describe el monje Simeón de Durham el ataque al monasterio de la Isla Santa, Lindsfarne (noreste de Escocia, año 795), que daría comienzo a la “Era Vikinga”.

En el año 2013 se estrenó la primera temporada de Vikings una serie de televisión escrita por Michael Hirst para el History Channel y también repetida por Netflix. Sus seis temporadas y la nueva secuela Valhalla (24 episodios de Leb Stuar)  todas de violento carácter anticatólico, inmoral y antihistórico confunden vendiendo una imagen del vikingo como un alegre hippie que alcanzó la felicidad violando todos los mandamientos y burlándose del monstruo hipócrita de la Iglesia. Más propaganda anticatólica que va deformando la mente de los jóvenes, y por la que nadie va a pedirnos perdón.

Lo cierto es que estos pueblos de sajones (bárbaros escandinavos) habían quedado fuera del imperio romano y de su poder civilizador, y tenían un gran atraso cultural. Eran agricultores y pescadores, pero varios de ellos, en busca de tesoros de metales preciosos que no existían en la península escandinava, decidieron lanzarse al mar a robar. Construían los knörr,  barcos de bajo bordo, de navegación ágil –alcanzaba los 30 km. por hora; de hasta veinticinco metros de largo y capaces de llevar entre veinte y cuarenta  individuos. El knörr tenía dos extremos iguales, permitiendo invertir la dirección sin tener que dar la vuelta la nave, y así maniobrar rápido.

Los piratas vikingos multiplicarían los Strandhógg (Saqueos veloces) costeros atraídos por el oro y plata destinados al culto del Dios verdadero: vasos sagrados, relicarios, altares, cruces, frecuentemente adornados con piedras preciosas que ningún cristiano se atrevería a robar. Estos tesoros de oro y plata constituían una buena dote para conseguir un matrimonio económica y socialmente conveniente. También los atraía el prestigio de guerrero victorioso y el poder que esto les daba por sobre los demás. Riquezas, poder y honor, los móviles de gran mayoría de las guerras que no fueron justas defensas de la patria o de los indefensos. Y también se sumaba alguna motivación religiosa: la de sentarse al banquete de Valhalla después de la muerte, si habían demostrado valor en sus actos –normalmente inmorales- y evitar el Hel, donde iban los mediocres. ¿Puede jamás un hombre alcanzar felicidad siguiendo lo que el demonio le promete: riqueza, honor y poder? ¡Nunca! La verdadera felicidad llegaría años más tarde con los misioneros.

Los Strandhógg a los monasterios se sucederían, por ser lugares apartados del mundo y de la sociedad –varios de estos se encontraban en las islas de Escocia e Irlanda- : Monasterio de Iona, fundado por San Columba en las islas Híbridas, atacado numerosas veces entre los años 795 y 825, incendiado y asesinados sus monjes; monasterios de Egfrido, Rathlin, Inishmurray, Inisbofin, Inishpatrick, Lambay,  y una larga lista sigue. Lo que muestra cuán fértil había sido el trabajo de San Patricio en Irlanda, floreciendo en muchos santos y monasterios benedictinos que luego Evangelizarían Europa.

Alquino de York (historiador de la época) veía en estos  a Strandhógg  un castigo de Dios, por haber adoptado los habitantes ya varios cristianos de Northumbria, la forma de vestir, y de comportarse de los paganos, y por ser una sociedad moralmente impura.

Innumerables monjes fueron asesinados (las crónicas anglosajonas hablan de miles, aunque no tenemos certeza del número final), como ovejas llevadas al matadero. Así consumaron el sacrificio de su oblación a Cristo. Habían dejado ya sus familias, bienes, algunos el honor y poder de su nobleza, y se habían alejado del mundo a estas islas, para buscar y encontrar a Cristo; y allí dejaron, por Él, lo último que les quedaba, sus propias vidas. Se burla un opinólogo de los que pululan por la web: “de nada les valdría a los monjes rezar con vehemencia al Señor, pues éste estaba ocupado en otros menesteres”. Como si Dios fuese un robot que nosotros manipulamos a capricho. Dios siempre escucha nuestras oraciones, dándonos lo que pedimos – si pedimos con fe, con insistencia y si es bueno lo que pedimos- o nos da algo mejor aún. Estos santos monjes gozan felices del amor de Dios desde hace más de 1.200 años. Dios les dio lo mejor!

Pero el que a hierro mata, a hierro muere. Estos salvajes que asolaron desde Groenlandia hasta Rusia, sitiaron Paris tres veces y Constantinopla, devastaron Londres (842), pasando en su tour salvaje por todas las costas europeas e islas del mediterráneo, encontraron también fuerte resistencias.

Contra el Imperio Carolingio

En Navidad del año 800 Carlo Magno fue coronado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, dando origen formal a la Cristiandad, que duraría casi 1000 años hasta sufrir el último golpe mortal con la revolución (anticatólica) francesa de 1789.

Los sajones (escandinavos) habían quedado fuera del imperio romano, privándose así de la cultura romana, sus leyes, arquitectura urbana, avances tecnológicos, escritura, filosofía griega. Elementos estos que en la Europa romana facilitarían en gran manera la expansión de la fe católica. Ahora nuevamente los escandinavos (vikingos) quedaban fuera del imperio y del renacimiento cultural carolingio.

La “declaración de guerra” contra Carlo Magno, fue el saqueo y destrucción de un monasterio en la costa norte de Francia. Carlo Magno fue quizás el que más los tuvo a raya derrotándolos en numerosas ocasiones y firmando pactos que los vikingos romperían al alejarse el Emperador hacia otra campaña bélica. Pero los siguientes Carlos, sucesores del emperador, no fueron tan magnos: el Pelado, el Gordo, el Simplote, y hasta el Loco y el Malo, y el pobre Felipe el Tartamudo. Peor aún, algunos de ellos, en sus guerras civiles buscaron ayuda de los Vikingos, que aprovecharon la oportunidad para saquear poblaciones francesas del decadente imperio carolingio.

Tres oleadas españolas

Los asturianos de Ramiro I en Torre de Hércules, Gijón, le dieron la derrota más brava que jamás sufrieron, quemándoles más de 70 naves, en el año 840. Cuatro años más tarde probaron suerte con Sevilla, que sufría la ocupación musulmana. El saqueo, matanza y demás aberraciones se prolongó por una semana, hasta que el emir Abd al Rahmán logró juntar su caballería y derrotar no menos sanguinariamente a la horda vikinga desprovista de caballos y de conocimientos ecuestres. El emir quemó sus 30 naves y decoró las palmeras de la ciudad con las rubias cabezas vikingas.

Volverían por más en el año 858. Incendiarían Pamplona  y secuestrarían por un año al rey de Navarra García Íñiguez. El rescate que debió pagar fue tan grande, que las naves vikingas que lo llevaban junto con todo el botín, se hundirían en su regreso por el Mediterráneo. La avaricia rompe la bolsa.

¿Por qué permitió Dios un flagelo como este? Por la misma razón que permite las pestes y otras calamidades: para castigo-corrección de algunos, –y que así puedan salvarse- para purificación de otros –desapegándolos de los bienes temporales y de la falsa ilusión que “yo controlo mi vida y mi entorno”-; y para dar ocasión para practicar tantas virtudes, especialmente la caridad –y ahí es donde brillan siempre los santos.

Conquista espiritual

La Iglesia no tardaría en enviar misioneros para traer a la salvación precisamente a aquellos bárbaros que se habían dedicado a destruir sus templos, monasterios y a aterrorizar a todos su hijos.

La misión no sería nada fácil. San Willibrod hizo el primer intento de convertir a Dinamarca, pero murió en el 739.  Ludovico Pío (Luis el piadoso, que reinó entre el 813 y el 840), sucesor de Carlo Magno alentó más seriamente a los misioneros a lanzarse a la conquista. Muchos de ellos serían mártires. Entre todos se destaca San Anscarius u Oscar, que con muchas dificultades realizó su labor en Dinamarca y con más éxito en Suecia donde predicó y conviertió a varios, especialmente en Birka (año 829). Aunque debe regresar en el 853 a reevangelizar, por que los paganos habían expulsado al obispo que había dejado en su lugar.

En el 826 Harald Klak rey de Dinamarca es bautizado en Mainz, pero es depuesto por daneses paganos poco después.

Los misioneros de Inglaterra y el Imperio germano predicaron en Noruega y tuvieron por entonces algo de éxito, y brotaron algunas comunidades católicas, como lo atestigua la distribución costera de algunas cruces de gran tamaño. Tenían el apoyo de Olaf Tryggvason (995-1000). Pero fue con San Olaf II Haraldson (muerto en batalla en el año 1030) que la conversión despegó, asistida por misioneros de Normandía (que eran vikingos ya convertidos a la verdadera Fe).

Recién en el año 963 Harald Diente Azul (Blue Tooth, se llama así en honor a él) de Dinamarca se convierte al cristianismo. Su grito de guerra era: Fram kristmenn, krossmenn, kongsmenn alle! (¡Adelante, hombres de Cristo, hombres de la cruz, todos hombres del rey!) Recientemente un niño de 13 años descubrió el tesoro de Diente azul en la isla alemana de Rügen. El tesoro contenía entre otras cosas las monedas con la cruz que el rey hizo acuñar luego de su conversión.

Fundación de Rusia y Conquista de Islandia

El rey danés Rurik, había incursionado los ríos de Russia hasta Novgorod, y fundó allí el Kiev, estableciendo Ucrania, el primer estado Ruso. Los hermanos santos Cirilo y Metodio incursionaron Ucrania y los pueblos eslavos, logrando convertir a varios paganos al cristianismo. Llegaron incluso a crear un alfabeto para poder poner por escrito su lengua. La conversión de Kiev se aceleró en el año 988, cuando finalmente el príncipe Vladimir se bautizó, y se propuso expandir la fe entre sus súbditos.

En el año 999 Olaf Tryggvason de Noruega conquista las Islas Feroe y las convierte al cristianismo, y en el  1000 Islandia finalmente sería convertida por los misioneros que habían llevado la fe a Noruega, aunque ya preexistían allí algunos católicos irlandeses y escoceses mezclados con los vikingos paganos.

Gracias a estos “reyes misioneros” como Harald Diente Azul de Dinamarca, Olaf Tryggvason de Noruega, Canuto el Grande (de Dinamarca e Inglaterra), Guillermo de Normandía, Olaf Skötkonung de Suecia y Sigurd el Cruzado de Noruega, la fe pudo crecer y ser protegida. Los súbditos se convertían más fácilmente a la predicación de los misioneros, no por obligación del monarca, sino por la enorme autoridad moral que por siglos gozaron los reyes, para bien y para mal: “Si el rey lo dice y lo hace, debe ser bueno”. ¡Cuánto bien puede hacer un gobernante santo, o que al menos respete en todo la ley de Dios y le dé su lugar de primacía!. ¡Y cómo florece una nación cuando Cristo es su Rey!

Luego de tanto sacrificio los vikingos o escandinavos, en gran parte, se convirtieron a la Fe católica, y allí termina la llamada “Era Vikinga”. Las tristes series de Vikings, pintan a ese final como algo malo, como si la religión les hubiese quitado su salvaje y feliz libertad. Pero la realidad es que la Iglesia católica a través de sus heroicos misioneros les dio a esos pueblos vikingos la verdadera libertad, ser libre de las cadenas del pecado. Y en esa verdadera libertad y paz de Cristo, emergió una gran cultura, pasaron a ser parte de la Cristiandad; ellos mismos se volvieron misioneros de sus propios hermanos, y hasta florecieron santos de la talla de Santa Brígida y su hija Santa Cristina.

Es cierto que el protestantismo en época de Lutero, y ahora el ateísmo han hecho estragos en esos pueblos principalmente y en todo el mundo. Que no nos falte entonces el coraje de los misioneros para sacrificar nuestro tiempo, nuestros bienes y hasta nuestra vida para llevar a Cristo a este mundo, quizás tan salvaje y pagano como el de los vikingos.