P. Carlos Nielsen, MC

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Podemos continuar nuestra reflexión sobre la paciencia con un texto de Job, que en su sencillez nos habla muy claramente: Si hemos recibido las cosas agradables de la mano del Señor, ¿por qué no recibiremos las adversas? (2, 10). O sea, si hemos recibido de Dios los bienes o consuelos con alegría, sin quejarnos, y sin impacientarnos, ¿por qué no recibiremos luego alegremente los males o dificultades, que nos hacen adquirir los bienes eternos del Cielo? Sin duda que para poder hacer esto, o mejor dicho “vivirlo”, debemos dar un gran paso en la vida interior, y luego sí podremos ver sobrenaturalmente todo y recibir pacientemente todo. Y es muy importante recordar que este gran paso lo damos junto a Jesucristo y lo que nos parece imposible de corregir ahora, es posible hacerlo con la ayuda de Nuestro Señor.

Debemos convencernos que Dios nos envía tribulaciones, oportunidades de ofrecer algo, porque nos ama: Él trata, de este modo, de desapegarnos de las cosas terrenas, con la paciencia se proba la virtud. Por ello, en las vidas de los santos, especialmente suele hacerse mención de la paciencia en las cosas contrarias. Así el Señor prueba nuestra fidelidad. Como el oro se prueba y purifica en el fuego, así Dios prueba el amor de quien lo ama con el fuego de las tribulaciones (Sab 3, 6). Por eso, podemos decir que ser un alma atribulada es signo de ser amada por Dios, que Él está más cerca nuestro en medio de las dificultades, aunque a veces nos parece lo contrario. Porque eras acepto a Dios, era necesario que te probase la tentación, así dijo el Ángel a Tobías (Tb 12, 13).

Los santos de todos los tiempos, de una forma u otra nos dicen que quien mira el Crucifijo y ve un Dios muerto en un mar de dolores y de desprecios, no es posible, si lo ama, que no soporte con gusto, más aún, que no desee de padecer toda pena por su amor. Este es el ideal, ¡apuntemos bien alto!, en las cosas de Dios no hay que quedarse cortos, porque la medida del amor, es amar sin medida.

Finalmente, procuremos, ante todo, buscar en Dios esta paciencia. Si no la pedimos con humildad y perseverancia, no obtendremos de Dios este gran don. Santa Teresa, hablando de sí misma, decía: “He experimentado varias veces que, si al principio me debato generosamente de hacer una cosa, Dios enseguida me da la alegría de hacerla. Él quiere que el alma tenga estos miedos al principio, para que merezca más”.

Quien se resuelve a padecer por Dios, no padece más. Leyendo la vida de los santos, que son los verdaderos modelos que debemos tener, vemos que llegaron a grados muy altos de virtud. Santa Teresa decía que no podía vivir sin padecer, por lo que frecuentemente exclamaba: “Padecer, o morir”. Dispongamos nuestra alma, mediante el ejercicio de la paciencia en las cosas diarias, para que Dios pueda obrar también en nosotros estas maravillas del amor y animémonos a crecer cada día más en esta virtud con las palabras del apóstol San Pablo: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”.

Continuará…