P. Carlos Nielsen, MC

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Esta virtud que todos hemos de ejercitar, tiene como tres ámbitos en los cuales se aplica: (1) la paciencia con respecto a Dios, (2) con respecto al prójimo y las circunstancias que nos rodean, y (3) con respecto a nosotros mismos.

1) Con respecto a Dios

¿En qué sentido debemos tener paciencia en nuestra relación con Dios?

a. En nuestras peticiones

Cuando nos dirigimos a Dios y hablamos con Él lo que hacemos es rezar. Y el modo más propio de rezar es cuando le pedimos a Dios algún favor, material o espiritual.

Algunos piden lo que necesitan una sola vez, pensando que como es Dios, no hace falta que se lo repitan varias veces. En este caso, es cierto que el Señor ya conoce nuestra necesidad antes de nosotros decirlo, pero quiere que lo hagamos con perseverancia para expresar con los hechos nuestra voluntad y ver si es verdadero nuestro interés por aquello que pedimos.

Otros piden varias veces, y si Dios no les concede lo que piden, se impacientan, y se enojan con su Creador. Este es el punto que nos interesa. Dios nos dará lo que quiera y cuando quiera, si es que servirá para nuestro provecho espiritual. A nosotros nos toca pedir, y pedir con insistencia. Pedir con insistencia, aquí está la clave, pero a la vez con paciencia y total resignación, es decir, sin entristecernos, sea que Dios nos dé lo que pidamos o no.

2) Con respecto al prójimo y las “circunstancias”

El segundo campo de aplicación de la paciencia es en relación con los demás y con las circunstancias que nos rodean.

Respecto al prójimo

Decía el Papa León XIII: “Sufre con paciencia los defectos y la fragilidad de los otros, teniendo siempre ante los ojos tu propia miseria, por la que has de ser tú también compadecido de los demás”

En nuestra relación con los demás es donde con mayor frecuencia tenemos que ejercitar nuestra paciencia. Esto es especialmente aplicable a la mayoría de las personas, ya que a casi todos nosotros nos toca vivir en una sociedad cualquiera, sea la familia, el trabajo, la universidad, el colegio. En este caso practicar la paciencia es imprescindible. Sea por los defectos de los demás, sea también por nuestras propias mañas y caprichos, que hacen que todo nos caiga mal, aún cuando no haya culpa por parte de los demás.

La paciencia es ciertamente necesaria para la vida social, ya que nadie, aún las personas más santas, carece de algún defecto. Además, no todos buscan la santidad. Algunos aspiran a ser solamente buenos, otros “correctos exteriormente” y muchos otros se conforman con menos aún. Y no por eso debemos dejar de ser caritativos con ellos.

Respecto de las circunstancias

Aparte de las dificultades que surgen de las personas que le rodean, la vida de todo ser humano está llena de circunstancias enojosas, muchas de las cuales son pruebas que Dios nos manda para ejercitarnos en la virtud.

Nosotros tenemos muchísimas circunstancias día a día, que, si son bien llevadas, sirven para ir arraigando en nosotros la virtud y de esa manera estar preparados para los choques más grandes. Pequeñas cosas de todos los días: El que hace algo sin avisar, o el que se olvida, la llave que se traba en la cerradura, el auto que no arranca, el colectivo que se hace esperar y cuando llega, sigue de largo, los embotellamientos…

3) Con respecto a nosotros mismos

Los defectos propios

En tercer lugar, aunque parezca un poco raro decirlo, debemos ser pacientes con nosotros mismos. Suele ocurrir que poseemos defectos ‑que pueden ser adquiridos culpablemente o simplemente propios del carácter de cada uno‑ y que nos molestan mucho, al punto de llegar a enojarnos, e insultarnos a nosotros mismos y a veces a Dios, por habernos creado así.

En este caso también debemos tener en cuenta que Dios permite esas cosas. Por lo tanto, en esto debemos evitar desesperarnos o entristecernos en exceso, sino que tenemos que tratar de sacar bienes de los males, y procurar ejercitarnos en la humildad al ver nuestras deficiencias. Aun los mismos pecados deben ser usados para sacar algún bien. Dios no quiere el pecado, de ninguna manera, pero de hecho lo permite.

Por otra parte también suele ocurrir que muchos cuando comienzan a buscar la santidad, llevados por un fervor inicialmente bueno, pero exagerado, quieren llegar a ser santos inmediatamente en pocos días o meses. Pero también en esto hay que darle tiempo al tiempo.

Esto no significa que no haya que buscar la santidad hoy, cuanto antes, sino que lo que hay que evitar es decepcionarse cuando uno se da cuenta que pasa el tiempo y todavía sigue con algunos defectos. Eso suele llevar a un decaimiento de ánimo que hace que deje ese camino que se había comenzado, y así, algo que había comenzado bien, por impaciencia, termina mal.

Ten paciencia con todo el mundo ‑dice San Francisco de Sales‑, pero principalmente con ti mismo: quiero decir que no pierdas la tranquilidad por causa de tus imperfecciones y que siempre tengas ánimo para levantarte. Me da alegría ver que cada día recomienzas; no hay mejor medio para acabar bien la vida que el de volver a empezar siempre, y no pensar nunca que ya hicimos bastante

Por eso es tan sabio aquello que decía San Ignacio de Loyola: “Tanto de la tibieza como del fervor exagerado, provienen las enfermedades del alma”.

En todo esto es fundamental que tengamos en cuenta lo que nos enseña la fe respecto de la providencia de Dios. En virtud de su omnipotencia y su misericordia, Dios orienta todas las cosas para lograr la salvación y santificación de los hombres. Dios jamás quiere el mal para ninguna de sus creaturas, pero lo que ocurre es que los medios que Dios pone para alcanzarnos algún bien no son siempre los que nosotros preveíamos.

Por lo tanto, si consideramos que todo nos viene de la mano de Dios, y que todo redundará para nuestro bien aún nuestros propios defectos, nada nos hará nunca perder nuestra paz y nuestra alegría interior. “Omnia in bonum!” Todo ocurre para el bien de los que aman a Dios.

Finalmente, algunos medios para alcanzar la paciencia:

  • Pedirla mucho en la oración.
  • Repetición de actos contrarios.
  • Buscar ejercitarse en lo que más nos cuesta, situaciones, etc.
  • Examinarnos durante el día a ver si caímos y luego de humillarnos, volver a empezar con más ganas.
  • Ejercitarse en pedir perdón a quien ofendí y en la confesión de estas faltas.

El Apóstol Santiago dice que “La paciencia hace la obra perfecta” (Sgo 1, 4) La paciencia es un perfecto sacrificio, que nosotros ofrecemos a Dios, porque en el sufrir tribulaciones y cosas contrarias, nosotros no ponemos nada nuestro, excepto la aceptación de aquella cruz que el Señor nos manda.

FIN