P. Franco Marinello, MC

Cuenta san Agustín en sus famosísimas “Confesiones” que encontró la paz para su alma atormentada por la tentación de no poder deshacerse de los pecados de su vida pasada después de que, habiendo escuchado una misteriosa voz que, al son del estribillo de una canción infantil le decía, “toma y lee, toma y lee”. Dice el Obispo de Hipona que:

volví al lugar donde estaba sentado Alipio y yo había dejado el códice del Apóstol al levantarme de allí. Lo tomé, lo abrí y leí en silencio el primer capítulo que se me vino a los ojos, que decía: No en comilonas y embriagueces, no en lechos y en liviandades, no en contiendas y emulaciones sino revestíos de nuestro Señor Jesucristo y no cuidéis de la carne con demasiados deseos.

“No quise leer más, ni era necesario tampoco, pues al punto que di fin a la sentencia, como si se hubiera infiltrado en mi corazón una luz de seguridad, se disiparon todas las tinieblas de mis dudas.”

Esa breve “lectura espiritual” fue quizás para san Agustín mucho más eficaz que las palabras dolientes de su madre santa Mónica, que la predicación de san Ambrosio, y seguramente, que todos los innumerables libros de ciencias humanas que había hasta ese momento.

Tal vez, en este momento de nuestra vida, y en muchos otros, Dios nos esté diciendo, como misteriosamente se lo dijo a san Agustín, “toma y lee”, y nos esté animando a hacer esa lectura espiritual que tanto bien puede hacer a nuestra alma.

Dedicar, si es posible cada día, un rato a esta lectura puede ser un gran complemento de la meditación y también puede darnos, sin lugar a duda, materia para la oración. La lectura meditada de la vida de Cristo y de las vidas de los santos, fue el gran medio del que se sirvió Dios para la conversión de san Ignacio.

La primera lectura espiritual, obligatoria diríamos, para todo cristiano, tiene que ser la de la Biblia. Desconocer las Escrituras, decía san Jerónimo, es desconocer a Cristo. Un buen modo de hacerlo, es comenzar por la lectura del Nuevo Testamento, los cuatro evangelios en concreto. Allí está relatada con mano humana y con inspiración divina la vida del más Hermoso de los hijos de los hombres, para ser meditada y para ser imitada. Es como la fuente de agua viva, que nunca se agota y que brota siempre para la vida eterna.

Puede sernos muy útil también, leer vidas de santos, esos hermanos nuestros que nos han precedido en el camino al cielo y que la Iglesia propone como modelos heroicos de virtud. Ver lo que ellos hicieron, en su debilidad y con su fidelidad, sostenidos e impulsados por solamente por la gracia de Dios, será un gran medio para animarnos a pelear el buen combate de la fe y a buscar sin medias tintas la mayor gloria de Dios en esta vida y la felicidad eterna en la otra.

Muchos de esos santos, además, nos han dejado escritas sus enseñanzas, y son para nosotros verdaderos maestros de vida espiritual. Sus obras, muchas veces pensadas para personas que vivían en circunstancias y situaciones parecidas a las nuestras, pueden convertirse en un verdadero tesoro de enseñanzas y consejos, que conservan su frescura y su sencillez a más allá de los tiempos y de las modas.

En fin, sigamos el consejo de San Pablo a su discípulo Timoteo: “dedícate a la lectura” (I Tm 4, 13). La oración y la lectura son, como decía San Bernardo, las armas con las que se vence el demonio y se conquista el cielo.