P. Juan de Dios Bertín, MC

Las relaciones con otros, sea con amigos o familiares, son fuente de grandes alegrías y de experiencias invaluables para la vida: en primer lugar, son fuente de amistad; pero también de crecimiento en personalidad, de aprendizaje, de enseñanza, de la posibilidad de amar y ser amado. Pero, a veces, esas mismas relaciones pueden ser difíciles. Nadie es perfecto, y nuestras imperfecciones o simplemente nuestras características personales (y las de los demás) pueden causar tensión. Aquí van algunos consejos simples para mantener relaciones sanas y pacíficas:

  1. Aceptar las diferencias. Todos somos diferentes. Tenemos diferentes personalidades, diferentes experiencias y diferentes intereses. A otros no necesariamente les tiene que gustar lo que nos gusta o lo que hacemos. Los extrovertidos no planean fiestas con la intención de molestar a los introvertidos, sino porque las disfrutan. Los introvertidos no limitan su tiempo social porque no les gusta la gente, sino porque disfrutan de estar solos. No siempre tenemos que entender las decisiones de otra persona o realmente ver su perspectiva para respetarlas. Ese respeto por las personas a pesar de las diferencias de perspectiva es una señal — y también una fuente– de paciencia y madurez.
  2. Estar abierto al cambio. Si estás con tus amigos decidiendo cómo pasar la noche del viernes, o si vos y tus compañeros de clase están viendo el mejor modo de estudiar para un examen, recordá que, muchas veces, hay un montón de diferentes maneras “correctas” de hacer algo. Si hay múltiples soluciones, tené cuidado de no apegarte demasiado a tus propias ideas, como si fueran las únicas y mejores. En cambio, es muy saludable estar abierto a las ideas de tus amigos o compañeros de clase.
  3. Asumir la mejor intención en todos. Cuando hay un conflicto o desacuerdo, o cuando tu amigo hizo algo que crees que es extraño, tu tendencia debe ser quitar importancia a sus debilidades y deficiencias, y asumir que tenían buenas intenciones. ¿Cuántas veces pensamos que nuestros amigos o parientes actúan de cierta manera sólo para molestarnos? Si nos dejamos llevar por este pensamiento, tratamos a los demás como oponentes, en lugar de tratarlos como lo que son: amigos o parientes. Por el contrario, no debemos juzgar las intenciones. Estar siempre listo para entender, justificar y perdonar.
  4. Concentrarse en lo positivo. Siempre buscá algo bueno, especialmente cuando un hábito molesto de otra persona te resulta obvio y llama mucho tu atención. ¿Alguien habla demasiado? Escuchá, esperando oírlo decir algo importante. ¿Alguien siempre te dice que vendrá a algún evento o reunión, y luego no aparece? Pensá en cuánto te hacen reír cuando están juntos. Esto es un ejercicio, y se necesita práctica. Todos los días tratá de descubrir algo bueno sobre de los demás.
  5. Mantener una perspectiva de eternidad. Cuando estés especialmente enojado o desilusionado, da un paso atrás y mirá el desacuerdo o el conflicto. ¿Qué es lo más importante de esta situación? ¿Que tenés razón; que te estás saliendo con la tuya? ¿O crecer en santidad y ayudar a tu amigo o familar a hacer lo mismo? Acostumbráte a mirar todo a la luz de la eternidad. Incluso si tienes “derecho”, si “es justo”, si “tienes razón” ¿qué tan importante es, a la luz de la eternidad, insistir en ello?
  6. Orar. Mantener la paz en las relaciones es un desafío; por eso, lo mejor es llevar los conflictos a la oración. Dios ama a esta gente (incluso a la gente molesta…), más de lo que crees. Pedíle que te enseñe a amarlos como Él lo hace.

Recordá siempre: la amistad (entre amigos, esposos, familiares, etc.) es un don de Dios. Mantener la paz en nuestras relaciones es una manera en que podemos mostrar a Dios nuestra gratitud por las personas que ha puesto en nuestras vidas.