P. Gustavo Seguí, MC

Un joven que valora mucho los Ejercicios Espirituales, y los ha hecho ya muchos años seguidos, deseoso de ayudar a otros a descubrir lo que él descubrió en los Ejercicios Espirituales de Miles Christi me hizo esta pregunta. Aquí va una posible respuesta, ¡Dios quiera que te ayude!

El joven está en un momento de la vida en que se le han abierto los ojos y ha descubierto muchas cosas que le gustan: la naturaleza está llena de atractivos, es hermosa, llena de mil detalles, de perfección, de millones de creaturas distintas, en fin, la naturaleza, el mundo creado se presenta tan fascinaste como inabarcable para la curiosidad del hombre que despierta a la vida.

Además, el joven ha descubierto que es alguien, que tiene talentos, que puede suscitar adhesiones y rechazos, que puede conquistar simpatías o quedarse solo. Ama el reconocimiento y teme el desprecio. Busca por lo tanto y funda muchas veces sus actitudes, su comportamiento, de acuerdo a “lo que piensa que los demás piensan”, a lo que piensa que los demás aprobarán o desaprobarán.

En esta vida uno puede ser santo, el problema no es vivir en la tierra, el problema es vivir para la tierra. Vivimos en el mundo, pero el cristiano no es de este mundo ni para este mundo, pasa por él, pero vive pisando este mundo y aspirando a grandezas que este mundo no puede dar.

El “mundo mundano”, la mentalidad de los que sólo viven para gozar de esta vida (como si no hubiera nada después de ella), trata de afianzarse, de afirmarse (porque, de hecho, no tiene firmeza) y para ello hace su propaganda. Quien vive contra la verdad tiene la necesidad de convencerse de que lo falso es verdadero y como su inteligencia le reprocha y no puede acallarla, la usa para buscar argumentos contra la verdad. Como no los encuentra, tiene que repetirse una y otra vez slogans falsos para acallarla, como un “mantra” oriental repetido una y mil veces, para no pensar…, y finalmente se acalla la conciencia… Pero además esos slogans el mundano debe gritarlos y debe convencer a los que lo rodean para que al menos no le reprochen que pierde su vida. Por eso el “mundo mundano”, “los mundanos”, hablando con sus amigos, hacen alarde de sus falsedades, inventan supuestas hazañas, exageran, mienten, adulan, insultan y quisieran borrar a Dios del cielo y de la tierra por ver si consiguen que sus conciencias no les reprochen nada.

El joven, muchas veces es seducido por los brillos pasajeros de los espejismos del “mundo mundano”. ¡Son tan fantásticas sus promesas…! El mundo, sin embargo, ¡no cumple sus promesas…!; ¡tarde o temprano llega el sufrimiento…! Más tarde o más temprano, el hombre se confronta con la verdad, da con ella y se alegra, o se estrella contra ella… El joven todavía no ha gustado suficientemente la amargura que deja “el mundo” en sus sentidos y en su alma. Desgraciadamente de entre ellos, quienes han empezado a probar esa amargura, esa profunda tristeza y desesperanza que deja el vivir para sí mismo, no sabiendo cómo librarse de tan amarga tristeza, hay quienes acaban sumergiéndose en un camino sin salida: la droga, el alcohol, la pornografía, en fin…, el suicidio, tan frecuente en jóvenes desesperanzados, ¡cuando tienen todo por delante…!, porque no tiene sentido vivir así…

Es más fácil quedarse el fin de semana sumergido en la nube, en el confort del pequeño mundo en el que viven su vida ordinaria, sin poner en riesgo ese pobre caudal de diversiones inútiles, que salir de sí…

La vida “fácil”, la falta de hábitos de reflexión, la pereza intelectual, el abandono de sí mismos, la falta de proyectos, de ilusiones (¡aún humanas!) a las que lleva esa vida extrovertida en imágenes virtuales…, todo eso hacen poco menos que imposible tomar el riesgo de ir -todo un fin de semana- a estar en silencio delante de Dios y de sí mismo; es decir, a dirigir sus pensamientos de modo sistemático y ordenado a las verdades más profundas que todo hombre debe asumir tarde o temprano en la vida.

Y todo esto lo conoce bien el demonio, enemigo de Dios y por ello enemigo del hombre que lleva en sí la imagen divina. Por eso, a las dificultades de la naturaleza herida se suman las insidias, los engaños del “padre de la mentira” que procura acobardar a los que Dios quiere regalar con sus gracias.

Hoy, a Ejercicios sólo van los valientes, los que son capaces de poner todo en juego, los que realmente seguros de sí mismos, no tienen miedo de perder nada porque están dispuestos a perderlo todo, porque están convencidos de que arriesgando todo pueden ganar mucho más. ¡Qué felices, qué libres, son los jóvenes que no tienen miedo de lo que Dios les pueda pedir!

Pero para eso hace falta algo que muchos jóvenes hoy no tienen…, hace falta seguridad, madurez…, personalidad… Quien carece de estas cosas…, cuando alguien lo invita a hacer Ejercicios, suele sentirse invadido de una gran inseguridad…, le da miedo… TEME perder el refugio que se ha formado, donde pasa rutinariamente su vida. TEME, la luz que le haga reconocer que su refugio sólo le impide a él ver hacia afuera (en realidad todos ven que vive una triste vida, porque el mundo lo ha acorralado) TEME descubrir horizontes más amplios para su vida. Teme tener que reconocer y confesar que se ha equivocado… Teme las renuncias, teme la disciplina, teme el compromiso, sin darse cuenta que allí, precisamente allí, al contemplarse como verdaderamente es y está frente a Dios, allí comienza a ser él mismo, a comprender su misión, a cobrar fuerzas para el bien y a aborrecer el mal y la mentira, allí comienza a vivir, y a ser verdaderamente feliz, a vivir realmente seguro, a perder todos sus miedos.

A tales jóvenes habría que repetirles aquellas palabras que nacieron en el Corazón de Jesús, al compadecerse de la samaritana… “¡Si conocieras el don de Dios…!” (Jn 4,10), o aquellas otras de Nuestro Señor que San Ignacio recordó a San Francisco Javier conquistándolo definitivamente para Cristo: “de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma” (Lc 9,25). Para ellos es necesario pedir la luz del Espíritu de la Verdad que hizo a exclamar al Centurión: “Señor, no soy digno…” (Mt 8,8). Por ellos hay que rogar a la Madre del Salvador que visitándolos, les alcance la gracia de comprender que nada pierden y que todo lo ganan, cuando dejando las creaturas ponen a Dios es el centro de sus aspiraciones. Y también hay que alentarlos: ¡No tengan miedo!