P. Gonzalo Viaña, MC

Un entrenador

Detrás de todo gran deportista, hay un gran entrenador. Y lo mismo con los artistas, y en todas las áreas de la vida. “Papá, por qué siempre me repetís los mismo: Escuchá al entrenador” –Cuenta Matthew Kelley en su libro Resisting Happiness- “Porque nadie alcanza la excelencia sin entrenador. Podés llegar a ser bueno en algo si trabajás duro en eso.  Si tenés talento y trabajás y trabajás muy duro, podés llegar a ser muy muy bueno. Pero la excelencia, la perfomance máxima, ser lo mejor que se puede ser, eso no puede llegar a suceder sin un entrenador.”

Estamos llamados a lo máximo, la santidad. Tenemos una sola vida para alcanzarla. Una sola oportunidad. Necesitamos un entrenador espiritual, un mentor que me haga usar todos los talentos que Dios me dio, para ese gran plan que Dios tiene en su corazón para mí: la santidad.

¿Qué no es y qué sí es?

La dirección espiritual no es una clase de catecismo, ni una charla de café sobre los problemas del mundo, ni una sesión de sicoanálisis gratis. La dirección espiritual es el arte de guiar a las almas por el camino de la santidad a la unión con Dios.

El director nos ayudará a conocernos por dentro –que es el conocimiento más difícil!- . Particularmente, a conocer nuestro defecto dominante, y cómo combatirlo en la práctica. Nos ayudará a hacer sobrenaturales nuestros trabajos a través de la práctica de la presencia de Dios, y más aún nos ayudará a unirnos más y más con Cristo a través de un plan de oración diario, que se ajustará de acuerdo a nuestra edad, horarios y tendencias de carácter.

Debemos estar alerta de buscar en la dirección un reemplazo a nuestra voluntad, alguien que tome por mí las decisiones que yo no me atrevo a tomar y así trato de cargar al otro con el peso de la responsabilidad que me cuesta afrontar. En la dirección pedimos consejo, ayuda para ver elementos en juego que se nos escapan –las cartas sobre la mesa-, y luz para no ser cegados por nuestras pasiones que nos tironean y no nos dejan elegir tan libremente. Se trata de buscar la voluntad de Dios en todo. Y no es el director que “en un momento de trance estático” nos habla como un oráculo diciéndonos cuál es la voluntad de Dios para seguir ciegamente. Particularmente cuando se trata de elegir entre dos bienes. Ej. Un trabajo, una carrera, mi vocación al matrimonio o la vida consagrada.

Sí será firme el director cuando se trate de arrancarme de una ocasión de pecado de la que mi apego y mis pasiones no me dejan salir. A veces sí, la dirección será instruirme en la enseñanza moral de la Iglesia respecto a algunos puntos que no tengo claros. O ayudarme a aplicar esos principios en la práctica. Hasta advertirme de peligros que no soy consciente, por mi falta de experiencia o simple ignorancia.

El director espiritual es un amigo de mi alma; un compañero de armas que reza por mí; un padre que quiere mi santidad y mi felicidad eterna, aunque a veces yo mismo le huya o no quiera seguir el camino. Cuantas veces el descubrirle una tentación nos hace ya vencerla. O el recibir una palabra de aliento nos hace empezar el camino como quien se sacó una mochila de encima y camina con ánimo, decisión y rapidez.

A cada uno lleva Dios por un camino diferente a la santidad. Dios tiene un plan, un sueño para cada uno de nosotros. Es el Espíritu Santo quién nos va inspirando y sugiriendo medios. Por eso la dirección espiritual no es poner a alguien en un molde de santidad –aunque muchas prácticas son comunes y beneficiosas a la grandísima mayoría, ej. Rezar el rosario. Y todo el mundo tiene que cumplir todos los mandamientos. Y Cristo quiere darnos su gracia a través de los sacramentos, a todos.

¿Qué actitudes deberá tener el que acude a la dirección espiritual – dirigido?

  1. Un gran deseo de santidad –el director nos animará a que ese deseo crezca, pero sin ese deseo, todo se hace inútil-. Esto no es un descubrimiento reciente. Cristo mismo nos llamó a ser santos: “Sed perfectos como el Padre Celestial” Que no tiene nada que ver con el perfeccionismo, caricatura de la santidad. La santidad es obra de la gracia, no de mis rutinas y metas. Pero claro, también hay que corresponder a la gracia con obras. La Iglesia siempre enseñó que se puede y se debe ser santo en cualquier lugar y ocupación que Dios nos puso. Por eso ha canonizado, poniéndonos como modelo de santidad a toda clase de personas: amas de casa, panaderos, peluqueros, sacerdotes, monjes, consagradas, monjas, soldados, generales, reyes, gente de campo, gente de toda raza y país, hasta abogados y ladrones (conversos claro!)
  2. Espíritu de fe, para ver a Cristo en el director –aunque el director tenga defectos, obviamente-. Esa dirección es una muestra del amor que Cristo nos tiene, que nos quiere santos y felices. Cristo habló con la Samaritana, con Nicodemo, Zaqueo y tantos otros, poniendo en ellos la sed de Dios.
  3. Sinceridad y simplicidad. Manifestar las cosas como son. Sus pensamientos, inclinaciones, tentaciones, gracias recibidas, temores. Las cosas más importantes que nos afectan en la vida espiritual. No voy a buscar aprobación, si no ayuda. Como cuando voy al médico.
  4. Docilidad. No para que me digan todo lo que debo hacer y así sacarme la responsabilidad de mi decisión. Pero tampoco para hacer oído sordo a todo y seguir haciendo en todo mi voluntad, porque ese no es buen camino. Pido un consejo, y lo recibo sabiendo que viene de alguien que ve desde afuera, más objetivamente, que me conoce, y que es alguien que puso Dios para que pueda recibir humildemente su guía.

¿Pero y qué, no puedo llegar yo sólo a la santidad? Dice San Juan de la Cruz: “Dios es muy amigo que el gobierno de un hombre sea a través de otro hombre. La falta de dirección espiritual trae consigo que muchas almas no sigan adelante, y no llegan a la cumbre. Por no saber o no querer ser enseñadas a desasirse” [de sí mismo y sus malos planes]. Hay excepciones, y Dios que tanto quiere que lleguemos a la cumbre de la santidad, a ese grado alto de caridad que quiere recompensar en el cielo, a esa unión con Él, claro, puede proveer otra ayuda extraordinaria. Pero lo ordinario es la humildad de aceptar la ayuda humana, cuando se la consigue.

Hasta el gran San Pablo, cuando se conviritió de golpe y porrazo (que se dio contra el suelo), le hizo a Dios la gran pregunta: ¿Señor, qué quieres que haga? Pero Dios no le manifestó allí su voluntad, lo mandó a preguntar a Ananías, y a través de él lo guiaría. Así también le envió Dios a S. Margarita María y S. Claudio de la Colombiere; a S. Juana Chantal un S. Francisco de Sales, y la lista es casi infinita…

Concluyendo, ¿qué debería buscar entonces en la dirección espiritual?

Se busca alguien que me enseñará a amar al prójimo en los detalles, en el apostolado. Me ayudará a reconocer las malas inclinaciones de mi carácter y de mis criterios e inclinaciones –y primero a reconocerlo-. Me ayudará en el discernimiento de las cuestiones importantes de mi vida. Me ayudará a superar crisis, a llevar las cruces con fe y fortaleza. Me esclarecerá las dudas espirituales y morales cuando no veo claro. Me ayudará a escapar de mi propia voluntad, de mis propios esquemas, y expectativas enanas. Hasta nos presentará buenas lecturas que nos hagan conocer y gustar la ciencia del espíritu–que no todo autor “católico” lo es. Algunos son caramelos, que endulzan la boca y dan dolor de estómago después-.

Dios quiera que no nos falte el consejo y ayuda de un buen director espiritual que nos ayude a caminar siempre por la voluntad de Dios y mantener en nuestro corazón encendido siempre el fuego del amor de Cristo.

Pidamos a Dios que siga enviando muchos y santos directores espirituales a su Iglesia, para que ésta siga dando su fruto más exquisito: los santos. Y no te olvides, Dios te quiere santo!