P. Pablo Sebastián de Soza

Doy muchas gracias a Dios por todas las bendiciones y gracias que nos da día a día. Cuando pienso en ellas veo que una de las gracias más profundas que el Señor nos da es la de poder tener una conversación familiar entre Él y cada uno de nosotros. ¡Sin duda que este es uno de los regalos más preciosos que Él nos da en esta tierra!

La oración es un don preciosísimo, pero incluso este don puede ser a veces oscurecido por nuestras dudas. A tal punto que llegamos a creer que si tenemos distracciones durante la oración no deberíamos rezar o mejor dicho “hacer perder el tiempo a Dios”. Otro pensamiento común es creer que mi oración tiene que ser perfecta o muy buena, de lo contrario no vale la pena intentar hacerla.

Tratemos de responder brevemente a estas dificultades que hallamos cuando transitamos en el camino de la oración.

Antes que nada, digamos que las distracciones son propias de la naturaleza humana, o sea, que no hay nadie, por santo que sea, que no encuentre distracciones durante su conversación con Dios. Es algo que pasa también cuando hablamos con amigos, estudiamos, leemos, etc. Dios, quien nos ha creado de la nada, sabe muy bien cómo somos y qué cosas le podemos dar a Él y cómo se las podemos dar. Ese Dios tan amoroso y que todo lo sabe, también sabe que podemos tener distracciones en la oración y así y todo quiere que recemos, que le hablemos y le digamos cuáles son las preocupaciones, proyectos, ideas, deseos que tenemos en nuestros corazones. Yo veo a las distracciones como un trampolín que me ayuda a volver a Dios con más determinación y con más grandes deseos de depender totalmente de Él.

La otra cuestión es creer que mi oración tiene que ser perfecta a tal punto que si no lo es, es mejor no rezar. Como podemos ver, este pensamiento tampoco viene de buen espíritu. Fácilmente vemos que detrás de este sentimiento hay un espíritu de desanimo y abatimiento. Justamente, la oración, la conversación familiar con el Señor es lo que va a darme esa perfección que busco. Diría que esa falta de perfección en la oración debiera ser para mí una razón más por la cual tenga que rezar y conversar con el Señor. Justamente Dios quiere que le abramos el corazón y le digamos con sinceridad que lo necesitamos muchísimo, que sin Él nuestra oración y nuestra vida entera no tienen sentido.

Así es como transformaremos nuestras distracciones y dificultades en la oración para crecer en confianza en Dios y aprender de una manera práctica que sólo Dios es quien produce frutos espirituales y los multiplica y no nuestro propio esfuerzo. ¡Aportemos nuestro granito de arena en la oración y Dios no se dejará vencer en paternal generosidad! ¡Resolvámonos a hablar más seguido con Dios en la oración!