P. Javier Ray, MC

Caridad fraterna, la “prueba” de una genuina religiosidad

Del ideal de ser “sede de la caridad”, el hogar es muchas veces asiento de riñas y disensiones, que constituyen el tormento y la cruz de todos sus moradores.

La cosa se complica cuando el que está en el meollo de todo esto es alguien que “en teoría” es señalado en el interior del hogar como “piadoso”, porque ciertamente se destaca en religiosidad, en rezar, en hablar de cosas de Dios, en frecuentar los sacramentos.

Y en esto, la paradoja no es sólo del siglo XXI: “Hay muchos que parecen ángeles en la calle –decía San Francisco de Sales en el siglo XVII– y son demonios en su casa”. La verdad es que en nuestras casas se nos prueba quiénes somos. Fuera, podemos presentar imágenes y caretas falsas y vender un producto “perfecto”.

Para mejorar aquí, aprendamos del ejemplo de María en la vida de su familia. ¡Qué lejos estaba ella de complicarles la vida a José y a Jesús! La pobreza en que vivían podía haber excitado en ella impaciencias, disgustos, mal humor, y, con todo eso, podría prorrumpir en constantes quejas, en expresiones de tedio sobre esta o aquella penuria, en reproches a su esposo y a su Hijo. ¿O no es como a veces ocurre desgraciadamente en nuestras casas? Más aún, ¿qué no son los más “devotos” quienes no rara vez tienen menos paciencia y muestran menos caridad?

No obstante, María es ángel de paz, de alegría, que todo lo llena con su dulzura, bondad y suavidad.

Recordémosla en la pérdida del Niño Jesús en el Templo (Lc 2,41-51). Se creyó ella en el deber de decirle a su Hijo: “¡Hijo mío!, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando” (Lc 2,48). Pero creo que no es lo que hubiéramos hecho en tal situación. De hecho disculpamos a una madre que en esa ocasión hubiese reprendido a su hijo ásperamente, con palabras fuertes. Más aún, si hubiésemos estado en esa situación, ¿qué hubiéramos hecho?

Pues si así obró la Virgen, cuando tuvo motivos objetivos para el disgusto, ¿cómo obraría en los demás actos de su vida familiar?

Entonces, aprendamos de tanta dulzura y paciencia marianas.

El altísimo precepto del amor cristiano se concreta de dicha manera. Probemos el calibre de nuestra espiritualidad, hagamos un test de nuestra religiosidad cotidiana. Reflexionemos qué actitud tenemos con el prójimo, pero no prójimo a distancia (un indigente en la calle, un cajero del supermercado) sino uno verdaderamente próximo: mi cónyuge, mis hijos, mis hermanos, mis padres.

Esta virtud de la afabilidad familiar es una virtud obligatoria a trabajar en la prosa de cada día. Por otro lado, no es sino la misma caridad al próximo –la otra cara de la caridad para con Dios– pero aplicada a los más más próximos a nosotros, los miembros de mi familia.

¿De dónde se obtienen gracias para evitar toda incoherencia y lograr esta caridad? De varias fuentes. Principalmente de la oración. Como lo vemos en María así también debería ser en nosotros.

Para contribuir al verdadero bien de mi familia son necesarios mis aportes de dulzura, gracia, afecto, comprensión y una vida espiritual en serio es imprescindible, como lo son los arroyos para la conformación de los ríos.

Si San Lucas adquiriendo de fuente directa la revelación que “María guardaba todas las cosas en su interioridad” (Lc 1,19.51) supo describirnos las disposiciones interiores que nutrían el corazón inmaculado de la Madre de la Sagrada Familia, ¿cómo no hemos de entender la causa que nutría la exquisita caridad “al más próximo” de María? ¡Era una verdadera vida interior! Era su oración con los Salmos. Su lectura de los antiguos Patriarcas. Su meditación con los Proverbios.

Por tanto, dejemos una tarea a hacer: animémonos a preguntar a los miembros de mi familia qué tal es mi caridad fraterna.

(a) Si dicen que lo es, ¡no cantemos victoria!

(b) Si dicen que no lo es, que no es coherente con la cantidad de Rosarios y oraciones que ven que rezo, algo anda mal… Vayamos a María, como iríamos a una doctora, aprendamos de ella a dar verdadera interioridad a mis oraciones y actos piadosos. Con ello, y con la ayuda de la gracia obtenida en el sacramento de la Confesión, iniciaremos lentamente una transformación interior que nos llevará no sólo a erradicar nuestra incoherencia entre fe-vida sino también y principalmente a amar al prójimo. “Hijos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y de verdad. En esto conoceremos que somos de la verdad” (1Jn 3,18-19).