P. Javier Ray, MC

Parte I. Introducción
Parte II. El primero de los sueños. Paternidad de José.
Parte III. El segundo sueño de José. Salvación de José.
Parte IV. El tercer sueño de José. Auxilio de José.

Vivir en tierra extranjera no suele ser fácil. Ni lo habrá sido para José, María y Jesús. Tampoco se ve que quiso Dios librarlos de las dificultades de esa estancia egipcia, más aún, en medio de una cultura y religión tan discordantes.

Allí están ahora los tres, “la Trinidad terrena”, en la ciudad de Heliópolis, que etimológicamente significa la Ciudad del Sol. Título bien ganado para dicha ciudad, porque providencialmente Jesús es ciertamente el “Sol de Justicia” (Ml 3,20), que quiso irradiar allí. Dice San Pedro Julián Eymard que así como “Josué dio órdenes al sol” (cf. Jos 10,13), “en San José está el verdadero Josué, que guía la voluntad del Creador del sol”. Qué misterio. Qué dignidad para José.

Pero no era fácil. “Toda la vida de Cristo estará bajo el signo de la persecución”, dirá el Catecismo de la Iglesia Católica. Además, no hay por qué esperar que Jesús aprovechase su condición divina como para que llevasen una vida “de privilegios” y excepciones.

La verdad es que Jesús no sólo quiso vivir como cualquier hombre sino que aún eligió la pobreza de un establo como distintivo de su nacimiento. María con gusto aceptó esa vida de pobreza. Y José quizá sufrió más por esto venciendo todo tipo de dificultades, y la primera de todas era la responsabilidad de proveer a su Familia con lo mejor que podía. Porque el mayor dolor de José no nacía de la repercusión personal causada por el exilio. No. Su máximo dolor era lo que implicaba su vida en Egipto, para su Esposa, tan hermosa y pura –y le preocupaba que nadie la mancillase–, y para su Hijo, tan frágil por su edad. Ése era el dolor de San José, ése era su sufrimiento día tras día en tierras de Amón y Osiris.

Ahora, la prueba del reinado de Herodes, luego de un tiempo que no sabemos bien cuánto fue, finalmente cedió. Lo cierto es que Dios concedió el fin de la tribulación, enseñándonos cómo toda desgracia por más intensa y difícil que sea, sabe ceder.

Y en ese contexto se da el tercer sueño de San José:

Muerto Herodes, el ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: ‘Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y vete a la tierra de Israel, pues ya han muerto los que buscaban la vida del niño’. Él se levantó, tomó consigo al niño y a su madre, y entró en tierra de Israel” (Mt 2,19-21).

Ahora se lo ve más abierto que nunca a la voluntad de Dios. Percibe que Dios, quien supo probarlos en el destierro, sabrá ahora conducirlos por un plan perfectísimamente sabio, y que él sólo tiene que dejarse mover dentro del marco divino siendo obediente a la fe (cf. Rm 16,26).

Regresa José, capitán de la Familia Sacra, y a diferencia de la ida, ahora con tranquilidad, de día, conociendo haber cumplido con la voluntad de Dios de modo perfectísimo. ¡Quién pudiera sentir la paz que los Esposos José y María llevaban en su corazón al volver a la Tierra escogida por Dios! Paz, que es fruto de la perfecta fidelidad al Plan de Dios. ¡Cuánta paz siente el alma que ha entregado su voluntad a la divina! Si los mundanos, los pecadores pudiesen entenderlo, les sería fácil dejar sus vicios y ofensas a Dios para llevar una vida acorde a Su voluntad sabiendo que sólo eso –y no lo mundano– trae certera paz y felicidad al alma. Gravísimo error cometen. Buscan la paz y encuentran sólo estrago.

Pidamos al Señor que nos bendiga con su gracia para “salir de nuestros egiptos”. Muchos están en “egiptos” fruto de sus pecados y vicios. Otros, como la Sagrada Familia, de modo injusto son enviados allí. Sea la razón que sea, podemos y debemos salir de nuestros egiptos para caminar con José, María y Jesús –¿qué mejor compañía– de regreso a la paz. Dios lo quiere, como le dijo a Moisés: “He bajado para librar a mi pueblo de la mano de los egipcios y subirlos de ese país, a un tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel” (Ex 3,8).

En cada momento Dios nos hace soñar que podemos salir de nuestros egiptos: pues, ¡salgamos!