P. Javier Ray, MC

Parte I. Introducción
Parte II. El primero de los sueños. Paternidad de José.

Ya detengámonos en el primero de los cuatro sueños de San José para que saquemos fruto para nuestras vidas.

José se hallaba en una dificilísima encrucijada. Había visto embarazada a María. De eso no le cabía ninguna duda. No era ilusión. Eso lo vio con sus propios ojos. Ahora por otro lado si había alguien que conocía a María era José… ¿Quién puede pensar que José dudase de María? ¡A nosotros no! ¿Cómo la Virgen tendrá un comportamiento indigno de una Virgen? Bueno, sí, eso lo podríamos imaginar –con desgracia lo decimos– en el mundo de hoy. Pero realmente, ¿quién que conozca a María de Nazaret podía dudar de su más exquisita pureza? Más aún la tradición la llama la Tota Pulchra.

Por tanto, dos cosas eran claras para José Esposo de la Virgen: (a) que su esposa jamás perdería su virginidad; (b) que al mismo tiempo estaba embarazada.

Por lo que la actitud que tomó era digna de un santo, más aún digna de un santo de la altura de José de Belén. Leamos cómo lo explica el primer Evangelista:

El ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: ‘José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados’ (…) Despertado José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer” (Mt 1,20-21.24).

¡Bendito sueño! Dios le explica a José que lo que vio fue cierto, que su Esposa estaba embarazada, pero que lo fue por obra del Santo virginal Espíritu, es decir, de un modo plenamente sobrenatural y milagroso. Lucas dirá que María será cubierta con la sombra del Altísimo (Lc 1,35).

Pero el sueño no terminó ahí. En el mismo había un oficio pedido de José, más difícil ciertamente que el que Dios le pedía diariamente en su carpintería: lo llamaba a formar parte del plan de salvación del mismo Dios. ¿Cómo? Primero comprometiéndose a volver a vivir con su esposa como corresponde a todo esposo. Segundo, a sentirse padre de Jesús. Claro sería padre adoptivo, pero padre al fin… Dios, Padre de Jesucristo, Él mismo se lo pedía… Tercero a ser fiel custodio de Él y de su Santísima Madre.

¿Cómo supo San José que esa era ciertamente la voluntad de Dios y no un engaño? Lo presintió su espíritu sobrenatural y su exquisita capacidad para discernir. Más aún, era un hombre justo y devoto y este llamado de Dios le dio paz interior, luz divina, consuelo fino y elegante. Se cumple la Segunda Regla del discernimiento de San Ignacio: que San José al vivir en santidad, al encontrarse en ese estado de perfección espiritual, el buen espíritu le dio paz, “ánimo y fuerzas… facilitando y quitando todos impedimentos, para que en el bien obrar proceda adelante” [315].

Imaginemos el regreso de José a casa de María. Imaginemos la alegría de María al ver regresar a su esposo. Ya el mero pensarlo nos llena de lágrimas.

¡Cuánto para admirar al Esposo de María! ¡Cuánto para aprender de este sueño! ¡Cuánto para agradecer a Dios que resolvió “divinamente” este conflicto tanto en el corazón de José como en el corazón de María!

Mucho podríamos comentar. Pero quedémonos con un punto: pidamos a José que sepa conceder “sueños” a aquellos cónyuges que viven desavenidos. Ciertamente no sé si con sueños, pero de verdad es buen espíritu divino mover a la armonía matrimonial, al reencuentro de los esposos, a una vida esponsal bajo un mismo techo. Como Dios manda. Aún en este siglo. Dios no cambia. Su plan tampoco (Hb 13,8).

¡Pidamos esto a José, en su Año!

Parte III. El segundo sueño de José. Salvación de José.