P. Javier Ray, MC

Parte I. Introducción

En diciembre del 2021 el Papa Francisco inauguró el Año de San José, y para vivirlo con más fruto ha facilitado una serie de Indulgencias Plenarias, como –entre otras– rezar los días miércoles –o los 19 de cada mes– la oración A ti, bienaventurado José. ¡Recibamos con alegría este Año de gracia!

Es que se cumplen 150 años desde que el Beato Pío IX declaró solemnemente a San José “Patrono de la Iglesia Universal”. Ojalá aprovechemos este tiempo particular para “ir a José” (Gn 41,55) a fin de que él nos conduzca a “las fuentes de la salvación” (Is 12,3).

El Papa Francisco en la Carta Apostólica Patri Corde menciona las razones que lo motivaron a constituir este Año. Está por demás decir que la figura de San José es ciertamente atrayente a todos los fieles. ¡Su vida lo es más!

En esa Carta, el Papa menciona algo que a nosotros nos gustaría profundizar más en la vida de José en este blog: los “cuatro sueños” que tuvo San José, según refiere el Evangelista Mateo.

Sin duda, en el Antiguo Testamento leemos cómo los sueños son curiosamente tiempos elegidos por Dios para visitas especiales. Puede entenderse si uno recuerda un principio básico de la vida espiritual: la centralidad de la iniciativa divina. “Él da a su pueblo fuerza y poder” (Sal 68,35). ¿Y qué mejor manera de expresarlo que en la pasividad de un sueño? A través de ellos Dios ha sabido iluminar los corazones y regalar gracias de las más variadas. De allí el espíritu agradecido en David: “Bendigo a Yahvéh, que me aconseja; aun de noche me instruye la conciencia” (Sal 16,7).

Desde las primerísimas páginas sagradas se percibe este “modo divino”: Eva es creada durante el sueño de Adán (Gn 2,21); Abraham recibe su alianza mientras duerme (Gn 15). En realidad, la idea cruza el Antiguo Testamento. Por ejemplo, todos recordaremos el caso de los sueños del José del Antiguo Testamento (Gn 28,11-19) y los beneficios de los mismos. Curiosamente, se llamaba “José” aquel hijo de Jacob bendecido por medio de sueños.

Más aún, en el libro de Joel se profetiza algo de singular importancia en torno a los sueños: en el período de la restauración judía post-babilónica el profeta Joel anuncia cómo Dios acepta la penitencia del pueblo ya convertido y anticipa la futura efusión universal de su Espíritu: “Después de esto yo derramaré mi espíritu sobre todo mortal y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas, vuestros ancianos tendrán sueños, vuestros jóvenes verán visiones” (Jl 3,1). ¿Cómo no entender ahora que Dios haya hablado al José del Nuevo Testamento por medio de sueños? Y no uno o dos: cuatro sueños, todos con un contenido de grandísima trascendencia para el plan de Dios de salvar a la humanidad.

Aclaramos que este “método” lo vemos más presente en el Antiguo Testamento. Es que con la llegada de Cristo, plenitud de la Revelación, es como que Dios ya se reserva otros modos más claros para manifestarnos su voluntad santa.

Por eso hemos de tener cuidado: hablando de los sueños como de inspiraciones, es importante el discernimiento espiritual como enseña San Ignacio de Loyola. Muchas personas sacan erróneas conclusiones de los sueños que tienen. Entonces recordemos la enseñanza del Maestro Ignacio: no cualquier inspiración viene del buen espíritu. No puedo concluir que lo que sueño hoy día es algo que me va a ocurrir o que debo ir a confesarme si en el sueño no me comporté como buen hijo de San José. Es importante aprender a discernir bien el buen espíritu sobre el mal espíritu. Pidamos su gracia. Consultemos, en tal caso, a sacerdotes que nos ayuden y nos orienten en el buen discernimiento de nuestros sueños.

José Esposo de María sí supo hacer muy bien este discernimiento: cual otro San Juan Bautista, Dios le habla en sueños. Él era parte aún del Antiguo Testamento y de su espíritu. A San José, como hombre devoto, asiduo asistente al Templo, instruido en la Palabra de Dios, dotado de prudencia sobrenatural, no le extraña que Dios le hable en sueños; al contrario, sabe escuchar devoto la voz divina y se percata cuándo Yahvéh quiere auxiliarlo, prevenirlo, bendecirlo justamente por sus sueños. No sólo eso: son los sueños de San José como “verdaderos sueños” (al modo como jocosamente referimos nosotros de noticias estupendas como “sueños”); en ellos Dios Padre quiere invitarlo a ser partícipe del mismo plan de salvación para toda la humanidad, siendo instrumento exquisito para el bien de María su Esposa y Jesús su Hijo adoptivo.

San José es capaz de reconocer todo esto. Y agradece a Dios siendo obedientísimo y fidelísimo a lo que Yahvéh pide de él, mostrando su eminentejusticia” (Mt 1,19), es decir, “santidad”.

¡Gran enseñanza! Pidamos la gracia que San Ignacio de Loyola invita a suplicar a los ejercitantes en sus Ejercicios Espirituales: “pedir gracia a nuestro Señor, para que no sea sordo a su llamamiento, mas presto y diligente para cumplir su sanctíssima voluntad” [91].

Ya con esto tenemos mucho para reflexionar… e imitar…

Parte II. El primero de los sueños. Paternidad de José.