Por P. JAVIER RAY, MC

Acercándonos a los diez años de la Verbum Domini”.

La Sagrada Escritura comporta una unidad sin igual de contenido dada por inspiración de su Autor, Dios mismo. Como tal, cada libro bíblico, cada capítulo, cada versículo, cada expresión, cada palabra recoge la Sabiduría eterna que hace su admirabilísima “encarnación” entre nosotros.

En efecto, la teología de todos los tiempos ha visto una analogía entre el misterio de la Encarnación en sentido propio –es decir, el de la Persona Divina del Verbo haciéndose hombre en el seno virginal de María– y el de la presencia entre nosotros de la Palabra de Dios o Sagrada Escritura. Es que, la Sagrada Escritura implica otra “encarnación”: la de la Palabra Eterna del Altísimo que toma forma humana para que el hombre conozca con certeza y sin error “el sendero de la Vida” (Sal 16,11).

El Papa Benedicto XVI, en uno de sus documentos que más recomendamos su lectura –la Exhortación Apostólica Post-sinodal Verbum Domini, que cumplirá su décimo aniversario este año, al fundar su crítica a la lectura fundamentalista de la Biblia, enseña: “El cristianismo, por el contrario, percibe en las palabras, la Palabra, el Logos mismo, que extiende su misterio a través de dicha multiplicidad y de la realidad de una historia humana” (44).  

Así como Jesucristo ya en Belén al nacer quiso ser envuelto en pañales (Lc 2,7), y más tarde querrá presentarse al modo humano, y ser objeto de malinterpretación incluso por sus mismos compatriotas de Nazareth (Lc 4,21-30), –todas estas consecuencias lógicas de su realidad encarnada–, así también se presenta en Su Palabra Escrita de modo tal que hasta los teólogos más aguzados como un San Ireneo o un San Agustín reconocían sus límites al esforzar sus mentes en comprenderla.

A modo de “consuelo” explica por qué sea difícil leer la Biblia, difícil poder llegar a dilucidar muchos de sus textos; dificultad esencial que con mayor razón clama necesariamente la existencia de un Magisterio –el de la Iglesia– que tenga por oficio divino la misión de interpretarnos con precisión su contenido divino.

Ahora, no es de buen espíritu desanimarnos por esto. Más aún, somos miles Christi, de espiritualidad combativa, de combate por la fe; es decir, esforzarse por conocer la Verdad que contiene la Biblia. Por lo que esta encarnación del Verbo en su Divina Palabra, lejos de alejarnos a hincarnos con reverencia y maravilla delante de cada Sagrada Página sin escrutarla, debería, por el contrario, movernos a mayor “curiosidad simpática”, a querer aproximarnos cotidianamente a ella para buscar conocer un poquito más tanto Misterio divino y calmar nuestra sed de Verdad.

Por otro lado, si miramos la vida de la Iglesia hoy constatamos con tristeza que este urgente pedido de Benedicto XVI fue poco escuchado. Hemos tomado con tal presunción la existencia de la Palabra de Dios o Biblia que poco se lee como ésta lo amerita. Se venden y supuestamente se leen muchos libros de espiritualidad, de teología, o, incluso Comentarios bíblicos. Aunado a esto, hoy internet se prodiga de lecturas religiosas pero no es frecuente encontrarse con católicos que cotidianamente sepan priorizar en sus lecturas la Lectura de la Sagrada Escritura, que debería ser “hoy nuestro pan cotidiano” (Mt 6,11), el pan que debería acompañar y continuar a otro obviamente mayor: el Pan Eucarístico. No por nada, los discípulos de Emaús recién entendieron las Escrituras luego de reconocer el Pan Eucarístico (Lc 24,31-32). Nosotros como discípulos de Cristo estaremos en mejores condiciones de conocer mejor su Divina Palabra si la hacemos luego de alimentarnos cotidianamente con Su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.

Nos gustaría que este consejo espiritual a tomar la Biblia cotidianamente no deje de ser bien concreto en tres puntos. Aconsejamos a:

(a) tener una Biblia propia impresa para que podamos tocar con nuestras propias manos las Páginas Sagradas. El avance de la tecnología con los beneficios ciertos y laudables de tener Biblias en digital no debería llegar a eliminar a tener mi Biblia física y personal; (b) marcar los diferentes libros para que dentro de ta biblía ta hágia (Los Libros Sagrados) podamos acceder con mayor facilidad a cada uno de ton bibíon (cada libro, de los setenta y tres) que conforman La Biblia o Los Libros Sagrados; (c) conservarla en una funda que permita guardarla no sólo de las inclemencias del tiempo sino también con pequeño gesto de respeto a ella. Ahora recordando el principio de encarnación aplicado a la Sagrada Escritura, no implica que el respeto a Tal libro  nos aleje de gastar las hojas, de marcar si vemos beneficio en ello con un lápiz los textos que más nos tocan. Los pañales que Jesús quiso para su tierno cuerpo son los cuidados con que arropamos a la Biblia para poder aprovecharla y amarla.

En síntesis, no le tengamos “miedo a la Biblia”, que su realidad Misteriosa no nos lleve a olvidarnos que Jesús “se hizo carne para habitar entre nosotros” (Jn 1,14). No nos limitemos a leer comentarios sobre ella, en vez de leerla a ella misma, fomentando así desgraciadamente una pereza espiritual poca digna de una espiritualidad combativa como la de Miles Christi. Dios se ha dignado regalarnos este Tesoro divino riquísimo en información celestial. No seamos otros posaderos de Belén quienes no quisieron darle cabida (Lc 2,7), para dársela a otros abismalmente inferiores a Cristo.

Hagamos, por tanto, lugar en nuestro corazón, quitemos los muebles que molesten para recibir propicios las mirabilia Dei contenidas en la Biblia o Verbum Domini. Ojalá que inspirados por el Espíritu Santo, que tiene el copyright de esta gran Obra, hagamos un concreto propósito de tomar nuestra propia Biblia, con nuestras manos, y leer con fervor y amor, en familia o solos, algún capítulo de esta Obra extraordinaria. Pruébelo, y experimentará cómo no se compara con ninguna otra lectura.