P. Eduardo Crivelli, MC

Allí donde hay un hombre hay una sociedad. Donde hay una sociedad, hay educación. Será desde esta sociedad (natural, civil o religiosa) desde donde el hombre reciba educación. Pero, ¿quién lo educará? Para un padre católico, la docente de su hijo es fundamental. Puede ser que ya la conozca de años anteriores, de haberla tenido como maestra de alguno de sus otros hijos; tal vez la conozca sólo por referencias de otro; pero de cualquier modo, tendrá la posibilidad de tener su propia experiencia apenas vayan transcurriendo los días. ¿Y para una Institución católica también es fundamental la maestra? Para un colegio católico (nuestra Congregación Miles Christi tiene tres) es todo un desafío (cuando no un Calvario) conseguir docentes de fe práctica.

El primer obstáculo es dónde buscar. No se trata de vender un auto en sitios de polirrubros libres, o buscar un paseador de canes (cosa mucho más accesible de encontrar por las redes). Acá sí se cumple el conocidísimo adagio: el medio es el mensaje. Buscar sin ton ni son por las redes o en una plataforma genérica de bolsa de trabajo, es un claro indicador que no habrá nada de selección de personal. Y si no hay selección de personal, tampoco lo habrá de contenidos, ni de familias ingresantes, ni habrá preocupación por las virtudes que el nuevo docente enseñe. Por eso el buscar se convierte en un problema, el primer problema. El boca-a-boca, algún sitio muy específico de docentes católicos, contactos entre docentes amigos o de otra institución, son las vías de búsqueda. Pero, ¿por qué tan difícil? ¿por qué no podemos conseguir con más facilidad una maestra católica? (Y lo hacemos extensivo a las profesoras y a los profesores varones de los distintos niveles de educación, que cuanto menor el nivel, aún más escasos).

Creemos tener una respuesta.

En primer lugar, la maestra tiene mucho de madre. “La segunda mamá” se la solía llamar. Hoy, lamentablemente, quizás la primera en varios casos. La madre actual está en crisis. El feminismo de Simone de Beauvoir (la atormentada concubina del existencialista y marxista Jean Paul Sartre) la ha hundido en la peor crisis marcada por un ficticio igualitarismo y un desamor antinatural hacia su propia descendencia con el crimen del aborto. Mujeres confundidas; madres no madres; madres ausentes cuyos ojos en vez de encandilarse con la sonrisa de sus hijos, navegan encandiladas por las redes sociales; madres a las cuales se las pretende enemistar a muerte con el esposo como si fuese el peor opresor, ser el más tiránico de cuantos libros de historia hayan podido incluir; madres que fuerzan a sus hijos a vulnerar el principio filosófico de no contradicción como el relativismo moral de poder ser nena o varón según su gusto, cosa tan indigerible como el elefante que se tragó la boa del Principito… La madre está en crisis. Y con ella está en crisis el matrimonio, la familia y la docencia.

En segundo lugar, la maestra tiene mucho de Consagrada. La verdadera vocación docente requiere un corazón entregado sin reservas a su misión. Y las consagraciones en la vida religiosa están en crisis desde hace ya más de cincuenta años. Las vocaciones de entrega a Dios se enmarcan en una crisis de fe de los tiempos que corren e incluso dentro de la misma Iglesia, Santa (porque su Fundador es Santo) y pecadora a la vez. El trabajo apostólico para que las jóvenes descubran el llamado de Dios compite no sólo contra el mundo (esto siempre pasó) sino ahora contra la desidia de la fe, la sublevación de la mujer y la falta de entorno católico. Las vocaciones consagradas a Dios están en crisis. Y con ellas la docencia.

Y porque la maestra tiene mucho de madre y mucho de consagrada (y el que lo dude que se lo pregunte a esas maestras que siempre dieron gusto tenerlas), al estar en crisis estas dos grandes vocaciones, no es sorpresivo que escaseen también las verdaderas maestras.

Trabajemos por restaurar estas dos columnas de la sociedad, afirmemos la verdadera personalidad femenina y cultivemos ámbitos de fe aptos para la entrega a Dios desde el corazón de la mujer, y tendremos maestras católicas a mediano o largo plazo. Sus hijos lo merecen.