P. Elbio Abán, MC

La Amistad (Parte 1)

3 – Pero, tratemos de describir un poco más la amistad.

¿Qué podemos decir que es la amistad ante el espectáculo que nos muestra nuestro tiempo, caracterizado por tantas relaciones fáciles, tantas y conjuntas multitudes, tantas tempranas convivencias en boliches y sin embargo, donde vemos tanta insatisfacción, tanta vida íntimamente solitaria? No es raro ya, lamentablemente, encontrar chicos  que no encuentran sentido a sus vidas, con un gran vacío e incluso con intentos de suicidio, solos. Ante este espectáculo -digo- saber qué es la amistad, podrá darnos la clave  o el por qué de muchos de estos problemas, al mismo tiempo que quizá nos sirva para diagnosticar la razón de la dificultad que encuentra el hombre contemporáneo para hacerse de verdaderos amigos…

Ya Aristóteles, hace 2300 años, advertía que podían encontrarse varios tipos de amistad, aunque no todas ellas igualmente dignas de ese nombre. Y distinguía fundamentalmente tres: la amistad por conveniencia, la amistad por placer, y la  tercera, la auténtica amistad.

La primera, la amistad por conveniencia, es la que lleva a aproximarse al otro y a  buscar su compañía por los beneficios que puede depararme: “Te conviene hacerte amigo de Fulano porque el día de mañana …”

Y no estoy hablando sólo de las amistades de negocios, políticas o económicas. Me refiero a toda amistad que busca en el otro algo que no es él mismo: su influencia, a lo mejor su cultura , su broma, su sabiduría,  su habilidad en el deporte o su ayuda en el estudio. Eso es amistad por conveniencia…

No es que siempre esté mal, no es que no sea una ocasión para conocerse y llegar a una verdadera amistad, pero mientras se quede allí,  quién no  advierte que  se trata de una forma inferior del ser amigo.

Y ya decía Aristóteles que este tipo de relación es inestable, porque una vez que cesa el motivo de la utilidad del otro, también cesa la amistad,  porque perdió su puesto, sus riquezas,  sus influencias, sus habilidades, cayó en desgracia en el partido o en el trabajo y dejé de verlo o… dejaron de verme…

¿Y a quién no le da un rechazo espontáneo el abrazo sonriente de los políticos que el día anterior o al día siguiente son capaces de sacarse los ojos, o ser indiferentes, si ya esos abrazos no le dan votos o no sellan ningún oscuro pacto?

Del segundo tipo de amistad, la amistad por placer, puede decirse algo parecido.

Algunos dicen:_ ” Te quiero… porque me agrada tu compañía, porque hablás bien, porque me divertís, porque sos alegre”, o un chico a una chica:_ “Porque sos joven y bonita, etc., etc. …”

Se trata de una  amistad guiada por la sensibilidad y la emoción y, por eso -dice Aristóteles- propia sobre todo de los jóvenes, que son prontos a la simpatía y a la vehemencia…

Amistades que parecen fantásticas, amores que parecen eternos… (mientras duran). Porque  poco duran: una vez satisfechos o acostumbrados los sentidos, o una vez perdida en el ser amado aquella cualidad que lo hacía placentero… desaparecen…. ¿Cuántas amistades y amores de ese tipo vemos a nuestro alrededor? Buscarse apasionadamente, querer estar siempre juntos, tener que hablarse todo el día por teléfono,  morirse de celos con un exclusivismo asfixiante… y  pasar bruscamente de un día al otro, a la indiferencia o inclusive, el odio

Y más tristemente aún. Hoy, en su corta vida nuestros casi niños varones o mujeres, viven “ amores definitivos” uno detrás del otro, sin límites y sin pudores, hasta que llegan a la edad en la cual realmente podrían enamorarse, ya desgastados, desilusionados y ajados, ahora sí, sin saber para nada qué significa amar en serio y qué es realmente enamorarse y quizá sin poder nunca más hacerlo…

Y, cuando con estos tipos de amores inmaduros se acercan al matrimonio ¿Cuánto podrán durar? ¿Cuánto duran?

Y no es que el sentimiento o cuando corresponda el placer, no tengan que integrar, ordenadamente, el amor entre un hombre y una mujer durante el noviazgo y luego, en el matrimonio. O la simpatía entre dos amigos. Pero tienen que ser mucho más que eso.

Si sólo el amor queda en lo sensible y no se cultiva algo más noble , pobres personas cuando habiendo envejecido y el lifting y la cosmética hayan perdido su carrera contra el tiempo…  sean dueñas de estos únicos vínculos.

Detengámonos un poco en esa amistad especial, ese amor entre marido y mujer, novio/novia: allí, tanto la amistad por conveniencia como la que se da por placer, aún en el espejismo de la compañía, y de la sonrisa, en definitiva, deja a la persona siempre sola. Aún en medio de su mayor virulencia, aún en plena luna de miel… porque, en el fondo, si lo que se busca es sólo la utilidad o el deleite que pueda proporcionar quien se dice amar, en realidad no se ama;  se ama a  uno mismo a través otra  persona. Esa persona que se dice amar  de ese modo, no es receptora de amor, sino de egoísmo, de buscarse en ella para  la propia satisfacción y compañía. Se ama por el beneficio, el calor, el placer, la utilidad…

Amores de este tipo que son sino el entrecruzarse de dos egoísmos que se explotan mutuamente y que, a la larga, dejan a ambos cónyuges  más solos que antes.

No. El verdadero amor y amistad son los  que aprecian al amigo, al amado “como personas” y a tales se les  desea la felicidad y el bien. En realidad, se quiere a esa persona con nobleza, porque se quiere su bien,. Se quiera esa persona realmente no por su simpatía, talento, sino por sí misma y porque se quiere su felicidad.

Y se ama, se quiere realmente el esposo a la esposa, el novio a la novia, el amigo al amigo, dándose no pidiendo. Y así, de hecho, la amistad auténtica es un entrecruzarse de amores de este tipo.

Además, en esa amistad también recibimos, pero ya no son dos egoísmos que se explotan mutuamente, sino dos seres que saliendo de sí mismos y afirmando al otro,  se encuentran unidos en lo más noble de su personalidad, en su capacidad de entrega, en aquello precisamente que los hace, por definición, personas, como las personas de la Santísima Trinidad, que lo son dándose.

Lo cual quiere decir, en este mundo, que también vivo sus penas y pesares…

¡Qué vulnerables somos en aquellos a quienes realmente queremos! ¿Será por eso, también, que haya tantos que no quieren amar de esta manera, aunque quizá sabrían hacerlo? ¿No será más cómodo vivir sólo o con amores egoístas, no comprometidos, para no tener que compartir del otro penas, trabajos? ¡Doble cara de la amistad en esta tierra! Única posibilidad de auténtica y humana existencia, pero, al mismo tiempo, fuente de dolor. Porque, inevitablemente, la verdadera amistad también multiplica las aflicciones; porque además de mis propias desazones y congojas, he de vivir las del amigo.

Sí: cuando más allá del egoísmo, me identifico en auténtica amistad con el otro y conllevo sus intereses y problemas, recién allí puedo decir que soy amigo.

Y ¡qué maravilla, que felicidad sabernos queridos de esta manera…! Saber que hay amigos, padres, hermanos, mujer, marido, hijos, que darían todo por nosotros;  que darían su tiempo, sus días, sus años, su vida, ya sea en el desgaste cotidiano o en un acto único, como el Señor, quien dio “la vida por el amigo”.

Y qué tremendo sabernos no amados o mal amados, usados, saber que cuando no podemos dar más, ni servir, vegetaremos solos… aunque si fuera así, en realidad ya estábamos solos…

4 – LA AMISTAD DE CRISTO.

Pero aquellos que somos hermanos de bautismo de Jesús, por más humanamente desamparados que nos veamos, sabemos que nunca estamos verdaderamente solos. Porque aún abandonados por todos, estamos seguros de que hay alguien que nos ama: Dios nos ama. Y no en un amor suplente, consuelo, recurso último de solteras, de separadas, de viudas o de solitarios, sino en el amor que precisamente nos regala, amándonos, la existencia. Porque el mero hecho de existir nos está diciendo que Dios nos quiere. Que si no nos quisiera desapareceríamos en la nada.

Pero por qué el percibirlo es difícil para  nosotros de carne, que necesitamos el abrazo y la sonrisa, (las caricias y los besos); por eso Dios se hizo hombre en Jesucristo y llevó al extremo su amor, dando su vida por nosotros. Es un haber dado la vida que no es simplemente el recuerdo heroico del soldado que dio la vida en la batalla… sino el regalo constante de una vida que muriendo se ha transformado en gracia y en espíritu, en amor resucitado y permanente, derramando constantemente en nosotros, si lo dejamos, su amor es  promesa de eternidad.

Amor de Dios que no nos usa, que no nos busca por conveniencia, ni para que le demos nada, ni porque le alcancemos ningún placer… que nos ama por nosotros mismos. Que busca nuestra felicidad, aun cuando somos pequeños, aun sin dones, aun feos o zonzos, viejos y arrugados, inútiles o enfermos, pobres y despreciados, pecadores y malos…

Porque Nuestro Señor no está apegado ni siquiera a nuestras buenas obras, a nuestras grandes palabras, no nos llama servidores y aún sin todo eso nos amaría. Nos llama amigos, nos quiere y nos dio y daría mil veces la vida por cada uno de nosotros.

Y porque nos ama, no huye de nosotros cuando sufrimos o cuando pecamos: sufre en nuestras penas, se alegra en nuestras dichas, llora nuestros pecados (como nos dice el Sagrado Corazón o la Virgen en muchas apariciones) pero también festeja lleno de alegría nuestros regresos.

Y sólo porque nos ama, quiere que nosotros también lo amemos, que nos hagamos sus amigos, que tomemos parte en su vivir, en sus riquezas, en sus combates, en sus amores y que vivamos lo que Él nos pide: “Ámense los unos a los otros, como yo los amo”.