P. Elbio Abán, MC

INTRODUCCIÓN.

Quien halla un amigo, encuentra un tesoro“, dice la Sagrada Escritura en el libro del Eclesiástico… Y en verdad la amistad ha sido exaltada siempre, desde que el mundo es mundo, como uno de los bienes más grandes de la tierra.

Famosa y proverbial fue la amistad entre Aquiles y Patroclo narrada en La Ilíada; dice Aquiles refiriéndose a Patroclo (II. xvin, 80) :“El fiel amigo a quien yo apreciaba sobre todos los compañeros y tanto como a mi propia cabeza”. Y cuando Aquiles, rendido por el esfuerzo de rescatar el cadáver de su amigo siente que el sueño lo invade, oye en torno de si la voz del alma del muerto: “¿Duermes, Aquiles, y me tienes olvidado? Cuidabas de mí mientras vivía y ahora muerto me abandonas. Entiérrame sin demora, para que cuanto antes pueda atravesar las puertas del Orco” (II. xxm, 69-70). La amistad que había unido a Aquiles y Patroclo desde la niñez, se manifiesta luego de la muerte de éste último, como fidelidad hasta el fin, hasta el último momento.

Siglos después Platón habla de la amistad en su obra El Banquete, Aristóteles hará lo mismo en la Ética e incluso Séneca, en sus cartas.

Los Evangelios narran la amistad de Nuestro Señor con Pedro, con Santiago, con Juan, con los Hermanos Lázaro, Marta y María; siglos después, quedan como testimonio las experiencias de  San Basilio y San Gregorio, e incluso, algo más cerca de nuestro tiempo, la gran Santa Teresa. Cuando muere en Alba de Tormes, lo hace en los brazos de su compañera inseparable, la Beata Ana de San Bartolomé.

Pero veamos en nuestras propias vidas, acaso no es nuestra experiencia común  homologar la felicidad con la calidad de los lazos amistosos que hemos  sabido y podido anudar con otros. O por el contrario, no es una de las causas más comunes de la tristeza y de la frustración no tener amigos o alguien que nos quiera. ¿Quién no se siente flotando en el vacío de una existencia hueca, cuando a pesar de estar bien materialmente – porque tenemos lo necesario para vivir dignamente, comemos,  no nos faltan techo y casa- pero carecemos  de lo  más esencial a nuestra condición humana, estar arraigados en una red de afectos amistosos y familiares por los cuales vivir? ¡Horrible sensación del solo, sin sostén, sin tener a quien darse ni de quien recibir…!

Si, la amistad, la amistad en la familia con la mujer, con los hijos, con los hermanos, con los padres, o la típica amistad con los compañeros, a distintos niveles, a diferentes profundidades…. Ella es la que nos arraiga a los jugos vitales de la verdadera existencia y nos hacen asumir la vida como empresa llena de entusiasmo… De ello hablaremos hoy.

  1. NECESIDAD DE LAS BUENAS AMISTADES.

“Ay del solo” dice el libro del Eclesiastés o Qohélet (Qo 4, 10)

¿Por qué? Porque ese entramado de personas que son nuestros amigos, tiene un rol importantísimo en nuestras vidas.

Decía Santa Teresa en el libro de su vida: “Gran mal es un alma sola entre tantos peligros”. Particularmente cuando una persona, un alma, quiere servir a Dios con fervor, quiere hacerse santa… va a notar enseguida su debilidad. Efectivamente, la debilidad del alma es grande, especialmente en  los comienzos de la vida espiritual. Es más, en muchas ocasiones  cuando una persona se decide a buscar la santidad tiene que poner cierta distancia con gente o ambientes perjudiciales,  que antes frecuentaba. ¿Cómo podrá mantenerse fiel al Señor en una especie de aislamiento? No, no va a poder, le son totalmente necesarias la compañía y la ayuda del prójimo.

Por otra parte, Dios ha hecho al hombre como un ser  social. Es una ley y una necesidad de su naturaleza: el hombre necesita de la ayuda y de la compañía de sus semejantes. No sólo sería doloroso a su corazón el aislamiento, sino que lo dejaría impotente y estéril. La colaboración es condición necesaria  para su desarrollo personal y más aún,  para la fecundidad de su obra y de su vida.

Y Dios, infinitamente sabio, ha extendido estas leyes al orden sobrenatural. Hasta él mismo se ha sometido a ellas. Para hacer reales los misterios  donde se basan sus relaciones con la humanidad ha tomado una colaboradora: la Virgen María, a quien ha asociado como madre de toda su obra de paternidad espiritual.

Nuestra santificación, pues, no puede ser fruto exclusivo de nuestra actividad personal; exige colaboración. Es una ley general que las dificultades de los comienzos de la vida espiritual hagan experimentar de una manera más aguda los propios límites. La ayuda necesaria el alma la encontrará, en gran parte, en las amistades espirituales.

Tomemos el ejemplo de Santa Teresa de Ávila: todas las grandes decisiones de la Santa han sido inspiradas o al menos, eficazmente sostenidas , por las amistades. Ahora bien, la reformadora del Carmelo era  un alma excepcionalmente fuerte. ¿Qué  sucederá normalmente en un alma menos vigorosa, a quien cierta debilidad la hace más influenciable a factores externos?

La fe viene por el oído” dice el Apóstol San Pablo, y en el mismo sentido podríamos añadir nosotros: los sentidos son a la vida sobrenatural lo que las raíces a una  planta; por ellas  le llega la savia. Se conoce, por supuesto, la influencia que puede tener en el desarrollo de la vida espiritual el medio, el ambiente donde se mueven los sentidos y, sobre todo, las amistades que las afectan de modo más profundo y constante. De allí, entonces, una conclusión muy importante: el saber elegir nuestras amistades, nuestros verdaderos amigos, porque ellos tendrán un rol muy importante en nuestra vida espiritual.