P. Claudio María Lombardo, MC

Desde un punto de vista espiritual, cuando hablamos de “escrúpulos” nos referimos a una determinada disposición o estado del alma por el cual la persona que la padece, tiende a ver pecado en todas partes, a ver pecado donde en realidad no lo hay. Los escrúpulos llevan a la persona a estar inquieta todo el tiempo, confundida, siempre escudriñando su conciencia una y otra vez, dudando qué hacer, porque parece que todas las opciones son malas.

En cuanto a las acciones pasadas, la persona que sufre de escrúpulos tiende a sobre analizarlas sin poder detenerse, y siempre encuentra algo nuevo que criticar en sí mismo. El sacramento de la confesión, que debería ser un consuelo para el alma, se convierte en cambio en una experiencia tortuosa, ya que para una persona escrupulosa los detalles y las explicaciones nunca son suficientes.

El resultado de todo esto suele ser un sentimiento de culpa persistente, sin fundamento real, que pesa sobre la conciencia y hace la vida pesada y difícil de llevar.

En la mayoría de estos casos, esta actitud tiene una raíz psicológica, relacionada con algún tipo de obsesión. Por lo tanto, sería muy útil consultar con un profesional para obtener orientación.

Con estas pocas líneas intentaremos dar sólo algunos consejos desde el punto de vista espiritual sin pretender abarcar todo el tema, que es muy complejo en sí mismo. Intentaremos definir algunos principios básicos para iniciar esta dura lucha. 

  1. Dios es bueno: muchas veces, en el escrupuloso existe una imagen distorsionada de Dios. En lugar de pensar en un Padre amoroso, piensa en uno estricto y exigente. Es cierto que Dios puede ver todos los detalles más pequeños de nuestras acciones, sin embargo, eso no significa que Él nos mire como un detective, tratando de atraparnos en una mala acción. Sería útil meditar en muchos pasajes de la Escritura donde podemos ver claramente el amor de Dios. Por ejemplo: Mateo 11, 25-30; Salmo 27; Salmo 139, 1-18; Isaías 43, 1-7; Isaías 55, 1-13; Jeremías 29, 11-14 …

Además, al considerar frecuentemente que Cristo murió por nosotros y por nuestros pecados, podemos encontrar claramente una fuente de consuelo y entendimiento sobre quién es realmente Dios.

  1. La santidad tiene una medida humana. Acepta la realidad y acéptate a ti mismo. Somos seres humanos… ¡Bienvenidos al mundo! En todo lo que hacemos siempre falta algo, hay imperfecciones. Es la consecuencia del pecado original y nuestro estado actual en esta vida. Sé paciente contigo mismo. Si eres escrupuloso estarías pensando en este punto: esto es un llamado a la mediocridad. ¡Pero no lo es! Es precisamente la forma de combatir la escrupulosidad.

La santidad, aun siendo obra de Dios en nosotros, es compatible con la capacidad humana normal. Ser santo no necesariamente implica bilocación, milagros y profecías …, aunque muchos santos, a través de un don especial de Dios, pudieron hacer esos milagros y más. Ser santo no implica no cometer ningún error o no tomar ninguna mala decisión.

La buena noticia es que aun siendo tan débiles y pecadores, ¡Dios nos ama de todos modos!

  1. Confía en tu sentido común a primera vista. Cuando una persona es atacada por escrúpulos, a menudo sucede que en el mismo momento de la acción él no ve nada malo ni pecaminoso. Pero luego, muchas veces permite que el gusano de la duda entre en su alma. ¿Tenía una intención recta? ¿Consideré todas las circunstancias? ¿Realmente hice lo que creo que hice…? La lista de preguntas puede ser interminable.

Si en ese mismo momento no vio nada malo en su acción, ¿por qué ahora su juicio sería diferente, lejos del hecho donde es más difícil juzgar?

Esta es una trampa típica. ¡No caigas en ella!

  1. Sobre analizar: la mayor tentación. Al asesorar a personas con esta dificultad, es muy fácil detectar que uno de los principales problemas consiste en pensar demasiado.

Se empieza a girar en torno a lo mismo complicándolo sin motivo que lo justifique.

Y se repite el procedimiento una y otra vez sin resultados. Cuando vemos que nuestros pensamientos se vuelven confusos y enredados, ese es el momento exacto para dejar de analizar y volver a confiar en nuestro primer juicio. Puedo ver en mi experiencia como director espiritual y confesor cómo la primera impresión suele ser la correcta. Pero, cuando una persona comienza a pensar demasiado, puede llegar a conclusiones que están casi fuera de la realidad.

  1. Uso saludable del sacramento de la reconciliación. Cuando cometemos un pecado, podemos recibir el perdón con este sacramento. Sin embargo, precisamente porque la idea del pecado está desfigurada en una persona escrupulosa, el remedio con frecuencia podría ser mal utilizado y por tanto ineficaz.

A continuación, se ofrecen unos sencillos consejos para intentar aprovechar este hermoso medio de santificación. Primero, confía en el juicio de su confesor. Yo, como Sacerdote, pongo sobre mis hombros las cosas que digo durante la confesión. Entonces, si un Sacerdote te dice que no es necesario que te confieses con tanta frecuencia o determina que una acción no es pecado (cuando no hay una clara contradicción con el catecismo, obviamente …) entonces, confía en él y descansa en su consejo. En segundo lugar, si haces un examen de conciencia todas las noches, escribe tus pecados o al menos escríbelos justo antes de confesarte. Cuando te vayas a confesar, sólo lee lo que escribiste, confiando en ti mismo y en tu buena voluntad. Es verdad que escribir los pecados, para un escrupuloso, puede ser fuente de problemas pero, sumando y restando, creo que es peor si intentas simplemente recordar tus pecados durante la confesión. Con mucha frecuencia una persona escrupulosa suele detener al Sacerdote durante la absolución para “añadir una cosa más”. En tercer lugar, cuidado con el “pecado de pensamiento”, ya que para cometer este tipo de pecados hay que estar seguros de haber consentido plenamente con eso. No pienses demasiado en esto.

Muchos santos lucharon contra la escrupulosidad en determinados momentos de sus vidas, entre ellos San Ignacio de Loyola. En ellos, podemos ver que es posible superar este problema. Hay que confiar en Dios. Él te conoce perfectamente y te ayudará tarde o temprano si no te rindes.