P. Ricardo Castro Huergo, MC

Tengo el gozo de ser capellán y director espiritual de un colegio secundario en San Diego, CA. Todos los años antes de la graduación los estudiantes firman los libros de graduación de unos y otros. Pero este año, en vez de simplemente firmar los libros, tuvieron otra idea. También firmaron las camisas de unos y otros.

Fue una idea muy interesante. De esta forma los chicos quisieron recordar la amistad y el amor fraterno de unos por otros. Quisieron hacer su relación más permanente.

Me movió mucho el ver esta manifestación de afecto. En ese momento, una cita del profeta Isaías me vino a la mente: “Míralo, en las palmas de mis manos te tengo tatuada” (Is 49:16). Entonces es que hice la conexión. Así como los chicos que se graduaban de la secundaria se daban animo unos a otros con esta muestra de afecto, ante el temor de la separación, así el Señor nos dice que nos quiere (cf. Mt 10:31).

A veces, algunas personas queriendo recordar un número de teléfono, y no teniendo un papel en el que escribir, lo escriben en la palma de su mano. Eso es exactamente lo que Isaías nos está diciendo. El Señor nos quiere tanto, que nuestros nombres están inscritos en las palmas de sus manos.

Esto es lo que S. Pablo tiene en mente cuando exclama “¿Quién nos separará del amor de Cristo? (Rm 8:35). El amor permanente e inamovible de Dios por nosotros es la base firme de nuestra esperanza. La fe nos enseña que Dios es todopoderoso, que nos puede ayudar si quiere. La esperanza nos asegura que Dios no solamente puede ayudarnos sino que quiere ayudarnos, que su amor es real y efectivo.

Mientras el estrés crece en el mundo moderno, hoy más que nunca necesitamos recordar que Dios nos ama con un amor inmenso y lleno de misericordia. Creamos que ese amor está siempre a nuestra disposición, que nuestros nombres están inscritos en las palmas de sus manos.