P. Gustavo Seguí, MC

La Iglesia siempre rezó con los salmos. Así, prolonga la oración del Redentor, quien oró con ellos.

Inspirados por Dios, Él mismo nos enseña[1], nos corrige y nos instruye a fin de que seamos perfectos. (Cfr. Mt 5,48).

La vida del hombre en la tierra es un continuo combate que se renueva en mil circunstancias diversas. En cada una de ellas será siempre necesaria la inspiración divina, la gracia que sostiene y previene; y el esfuerzo del hombre por disponerse a la obra de la gracia.

Los salmos, poesía divina, nos hablan hoy con la frescura de una Palabra que no pasa, con la profundidad de una Sabiduría que, no es humana, sino divina. Con su sencillez y pureza elevan la mente y el corazón y nos introducen en los misterios del Dios uno y Trino, en los designios de su Providencia; nos advierten y exhortan; nos hacen oír a Cristo en diálogo con su Padre y al Padre con Cristo; nos traen el eco de la Iglesia, cuerpo místico extendido en el mundo entero; y nos une a la alabanza y adoración que se entona en el cielo y que resuena en la tierra ininterrumpidamente renovada.

Nos detenemos brevemente en el salmo 27. David, —el rey poeta—, pone de manifiesto aquí una inquebrantable confianza en Dios que nos viene muy bien alabar, especialmente en nuestro tiempo.

Sal 27:1 El Señor es mi luz y mi salvación. ¿a quién temeré? El Señor es el refugio de mi vida. ¿de quién temeré?

Es Cristo, quien lo reza como una exclamación que sale de lo más profundo de su Corazón. Esta confianza triunfará en el Huerto de los Olivos, y le mantendrá fiel a la Voluntad del Padre hasta consumar en la Cruz su sacrificio.

En la adversidad, es frecuente la tentación del temor, de la desesperanza. Entonces el cristiano ha de refugiarse en su Señor, oponiendo a la desconfianza, la confianza inalterable de Cristo, el abandono confiado en el amor del Padre. Es la hora de profesar con obras: El Señor es mi luz, y mi salvación.

Cristo es la luz (Cfr. Jn 8, 12), por Él llegamos al conocimiento del “misterio de Dios”, en Él los tesoros de la sabiduría y del conocimiento están todos escondidos (Col 2,3). Su luz se manifestó al mundo, pero el mundo la rechazó. Ella, sin embargo, mora en el hombre de fe, ilumina su conciencia, da lucidez a la mente y paz al corazón. Es interior, pero se manifiesta necesariamente en obras que nacen de ella.

Mientras tenéis la luz, creed en la luz para que seáis hijos de la luz. Jesús les dijo estas cosas, y se marchó y se ocultó de ellos. (Jn 12,46) La luz se oculta a la vista de quienes la rechazan y quedan así en tinieblas; pero a los que creen en ella los convierte en hijos de la luz. Yo soy la luz que ha venido al mundo para que todo el que cree en mí no permanezca en tinieblas. (Jn 12,46)

Sal 27:2 Cuando se me acercan malhechores para devorar mi carne, mis opresores y enemigos, ellos tropiezan y caen.

Es una profecía de lo que sucedió cuando aprendieron al Señor en el Huerto. No bien les hubo dicho: “Yo soy”, retrocedieron y cayeron en tierra. (Jn 18,6)

Sal 27:3 Aunque acampe contra mí un ejército, mi corazón no teme. Aunque se levante contra mí la guerra, me siento seguro.

El verso parece evocar la liberación de Egipto. Aquella liberación no era más que una figura de la liberación que el Redentor consumaría en la Cruz.

Revela el sentimiento de filial confianza que desborda el Corazón de Jesús en su sagrada Pasión.

Es la seguridad que vemos reflejada en la convicción de San Pablo (Rm 8,31.35): Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? […] ¿Quién nos separará del amor de Cristo?

Sal 27:4 Una cosa pido al Señor, ésta sólo busco: habitar en la Casa del Señor todos los días de mi vida, para gozar de las delicias del Señor y contemplar su Templo.

Son palabras de David que anhelaba construir el Santuario. Pero proféticamente las dice del Señor. Es Cristo el que habita y se goza de habitar en la casa del Padre. Pero esta casa ya no es meramente el templo material, el edificio de piedras. Él mora ya en el Padre y nos invita a morar con Él, a convertirnos en templo suyo cumpliendo sus palabras: Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él. (Jn 14,23)

Quien cumple su voluntad mora en Él y puede obrar y dar fruto; porque: El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. (Jn 15,5).

Este anhelo santo, es obra del Espíritu de Dios en el alma. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. (Mt 5,6)

Sal 27:5 Él me ocultará en su tienda en los días aciagos; me esconderá en lo secreto de su morada, me subirá a lo alto de una roca.

La vida tiene días aciagos, adversos, duros, desdichados, tristes, sombríos…; para esos días, que se presentarán sin dudas, tenemos un refugio. Allí esconde Dios a sus hijos, en lo secreto de su morada, los establece sobre Cristo, “la roca”, los sostiene, aunque no lo sientan, para que puedan permanecer fieles, porque, como enseña San Pablo: fiel es Dios que no permitirá seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación, os dará modo de poderla resistir con éxito. (1Co 10,13)

Cristo es la roca, la Verdad. La verdad revelada ilumina el entendimiento, es como un escudo que apaga los dardos del enemigo. Por eso nos manda el Apóstol de los gentiles resistir a las asechanzas del demonio revestidos de ella: Por eso, tomad las armas de Dios, para que podáis resistir en el día funesto, y manteneros firmes. — Y a tal fin las enumera — Poneos en pie, ceñida vuestra cintura con la verdad y revestidos de la justicia como coraza, calzados los pies con el celo por el Evangelio de la paz, embrazando siempre el escudo de la fe, para que podáis apagar con él todos los encendidos dardos del maligno. (Ef 6,13-16)

Sal 27:6 Entonces será exaltada mi cabeza sobre los enemigos que me cercan; ofreceré en su morada sacrificios jubilosos, cantaré y entonaré salmos al Señor.

A la salida del Huerto, cuando se presentan sus enemigos, Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelanta y les pregunta: «¿A quién buscáis?» Le contestaron: «A Jesús el Nazareno.» Díceles: «Yo soy.» (Jn 18, 4). En aquella hora aciaga, ofrece en su interior sacrificios de alabanza, y se abraza al cumplimiento de la Voluntad de su Padre.

La adversidad nos ofrece siempre la oportunidad de ofrecer a Dios sacrificios de alabanza. Bien lo han comprendido los mártires, que llenos de su mismo Espíritu, han preferido dar la vida testimoniando la Verdad a vivir avergonzándose de Cristo.

Sal 27:7 Escucha mi voz, Señor, yo te invoco; ten piedad de mí, respóndeme.

Es Cristo, el Hijo amado, quien desde la cruz invoca al Padre con esperanza inquebrantable: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado” (Mt 27, 46), grito de angustia, pero no de desesperación. Rezaba entonces con el salmo 22: En Ti esperaron nuestros padres; esperaron, y los libraste. A Ti clamaron, y fueron salvados; en Ti confiaron, y no quedaron confundidos. (Sal 22,5-6) Tampoco él quedó confundido en su confianza, y confortado soportó la prueba y resurgió victorioso de la muerte.

Esta Pasión y este grito, angustioso y confiado, se renueva en la pasión del Cuerpo del Señor, en su Iglesia, dispersa por el mundo, congregada en su Corazón.

Sal 27:8 De ti piensa mi corazón. «Busca su rostro». Tu rostro, Señor, buscaré.

Hablando consigo el salmista, se exhorta a sí mismo: ¡Busca su rostro! Y se responde: ¡tu rostro buscaré Señor!” Así es bueno orar en la soledad, exhortándonos a nosotros mismos. “Tu rostro buscaré Señor

Comentando este verso dice San Agustín: No quiero más recompensa que ver tu rostro. Le veremos cara a cara un día, esa es nuestra esperanza. Pero ahora, en el destierro, buscar su rostro es ponernos en su presencia, obrar bajo su mirada de Padre. Tu rostro buscaré, aunque no te sienta cercano, no haré cosa que pueda ofenderte. Es lo que parece, elogió el Señor en Natanael, su fidelidad en lo secreto. (Cfr. Jn 1,47)

Sal 27:9 No me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo. Tú eres mi auxilio, no me rechaces, no me abandones, Dios de mi salvación.

Es el clamor confiado de Cristo en la Cruz. Es el clamor del alma que permanece serena, en la tempestad y la prueba, ofreciendo en el altar de su corazón el sacrificio.

Sal 27:10 Aunque mi padre y mi madre me abandonen, el Señor me recogerá.

La misericordia de Dios supera en firmeza al amor materno.

Sal 27:11 Indícame, Señor, tu camino, guíame por el sendero recto pues tengo enemigos.

Él es el Camino, el sendero recto a la casa paterna.

De su necesidad hace el salmista argumento para alcanzar Misericordia.

Sal 27:12 No me entregues al capricho de mis adversarios, pues se levantan contra mí falsos testigos, que respiran violencia.

El salmista parece ver a Cristo ante el Sanedrín, rodeado de enemigos que lanzan contra Él falsos testimonios. Nos revela el interior de Jesús, su serena confianza, en medio de la adversidad.

Sal 27:13 Seguro estoy de ver la bondad del Señor en la tierra de los vivos.

San Agustín exclama en este pasaje: “¡Oh bienes del Señor, dulces, inmortales, incomparables, sempiternos, inconmutables, y cuándo os veré! Creo que los tengo que ver pero no en la tierra de los que mueren, sino en la tierra de los que viven.”

Sal 27:14 Espera en el Señor, sé fuerte, que se reanime tu corazón. ¡Espera en el Señor!

Como los patriarcas ansiaban la venida del Mesías, así hoy nuestros suspiros han de ser por su retorno.

[1] Cfr. 2Tm 3,16-17