P. Juan de Dios Bertín, MC

Uno de los problemas que surge con frecuencia en dirección espiritual es la dificultad en perdonar a los demás. Muchas veces la ofensa no es muy grave objetivamente, aunque, lo sé, para nosotros a veces lo es, o al menos parece muy grave. Por ejemplo, tal vez no estábamos de acuerdo con alguien y discutimos acaloradamente, o alguien hizo un comentario negativo sobre nosotros, o tal vez alguien olvidó o llegó tarde a una cita. En estos casos, con algo de tiempo, oración, y un poco de buena voluntad (tratando de excusar al que nos ofendió o disminuyendo la gravedad de la ofensa) podemos perdonar, con más o menos dificultad.

Sin embargo, hay otros casos en los que el perdón no es tan fácil. Tal vez alguien recibió ofensas objetivamente más graves – tal vez alguien sufre de los errores o pecados de sus padres, o tal vez ha sido herido por su novio o novia. En algunos de estos casos, ningún “solución fácil” o “razones lógicas” puede ablandar el corazón. He oído varias veces en dirección espiritual esta confesión: “Padre, quiero perdonar, pero no puedo. Sé que debo hacerlo, y quiero hacerlo, y sé por qué debería hacerlo, pero no puedo”.

En estos casos, lo que digo es: deja de pensar en ello. Deja de tratar de encontrar ‘justicia’, deja de poner tu atención en todas las cosas que has sufrido. Entrega toda la situación a Jesús y pídele a Dios la gracia del perdón. Dile: “Señor, quiero perdonar, pero no puedo hacerlo. Dame la gracia. Dame la gracia del perdón.” Cuando haces esto, ya estás en una buena disposición para perdonar. Más todavía: ya estás perdonando. Si tratas de permanecer en esa disposición, te aseguro que la gracia de Dios no tardará en producir un cambio profundo en tu corazón.

Es cierto que el perdón es un acto de voluntad y no un aplacarse de las emociones y sentimientos, por lo que siempre debemos estar dispuestos a repetir setenta y siete veces: “Perdono a esta persona; Señor, someto toda esta situación a ti”, cada vez que surgen estas emociones. Pero también es cierto que a veces las emociones (y yo diría ‘pasiones’) y las heridas condicionan la voluntad de tal manera que nuestra voluntad no es capaz de realizar un acto de perdón.

Tiene sentido. Hay cosas que, humanamente hablando, son imposibles de perdonar. En estos casos, el perdón sólo es posible con el poder de la gracia. Nuestra naturaleza humana herida pide venganza o represalias. Algunos escritores paganos consideraban el perdón una debilidad. Por eso digo que el perdón es una virtud más divina que humana. Sólo el poder de la gracia puede obtenerla. Esa gracia fue obtenida por Jesús, quien, en el clímax de su Pasión, en la Cruz y siendo el centro de todos los tormentos imaginables que un hombre puede sufrir, pidió al Padre que perdonara a sus enemigos: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). Ese acto de perdón, tan incondicional, tan libremente ofrecido, tan radical, es la fuente de gracia para cualquier acto de perdón que todo hombre podrá producir. El perdón es una virtud propia del cristianismo, enseñada por Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios. Es Él quien nos da la gracia de hacer lo que es imposible para nuestras pobres fuerzas humanas.

He visto casos en los que parecía que el perdón sólo sería posible con un milagro. Y el milagro sucedió. Este milagro fue fruto de la gracia y de la humilde disposición de recibirla.

Cuando “recetas” no funcionan, cuando tu imaginación o memoria están demasiado agitadas con las ofensas que sufriste, cuando sientas tu corazón endurecido por un deseo de venganza, ponte en la presencia de Dios, ve frente al Santísimo, mira a un crucifijo y coloca todo en las manos de Dios. Entonces, humildemente pídele la gracia del perdón. Pídale que coloque en su corazón los sentimientos de su Corazón.