P. Santiago Ferreyra, MC

“Con vuestra paciencia salvaréis vuestras almas” 
(Lc 21, 19)

En estos tiempos de Cuaresma, en los que rezamos con más devoción el Via Crucis, aquel camino que recorrió amorosamente Nuestro Salvador, se nos ofrece a la contemplación la admirable paciencia con que Nuestro Señor soportó sus sufrimientos. 

En toda la Sagrada Escritura reiteradamente se nos exhorta a la paciencia, y se nos ponen ejemplos de ello: “El Señor permitió que le sobreviniese esta prueba, para que, como el santo Job, diera los venideros un ejemplo de paciencia(Tob 2, 12). “Aguarda con paciencia lo que esperas de Dios. Estréchate con Dios, y ten paciencia, para que a tu fin sea próspera tu vida” (Eclo 2, 3). “Si, pues, esperamos lo que no vemos, esperamos en paciencia (Rm 8, 25). 

Hasta se la considera como una cualidad propia de Dios: “El Dios de la paciencia y de la consolación os conceda un unánime sentir entre vosotros según Cristo Jesús” (Rm 15, 5). 

Y es considerada una virtud necesaria para llegar al encuentro definitivo con Dios: “De manera que no seáis indolentes, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia son herederos de las promesas” (Hb 6, 12). “Tened, pues, paciencia, hermanos, hasta la Parusía del Señor. Mirad al labrador que espera el precioso fruto de la tierra aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia de otoño y de primavera” (Stg 5, 7).

El Doctor Angélico, quien le dedica una cuestión de la Suma (Cfr. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, 2-2, q. 136), dice que la paciencia es fruto del amor. San Agustín, en su libro De Patientia, dice que “la fuerza de los deseos nos hace soportar trabajos y penalidades, y nadie acepta espontáneamente sufrir lo que le atormenta si no es por algo que le gusta”. Hay en nosotros un instintivo rechazo de la tristeza y el dolor, y sólo los soportaríamos por un fin, que tiene que ser más amado que el bien que nos privamos, y que nos provoca un dolor que pacientemente toleramos.

Entonces, preferir el bien de la Gracia a todos los bienes naturales, cuya pérdida puede provocar un dolor, es propio del amor, de la caridad que ama a Dios sobre todas las cosas. Por tanto, la paciencia es efecto de la caridad, como dice San Pablo: “La caridad es paciente” (1Cor 13, 4). 

San Lucas en su Evangelio nos trae un discurso del Señor en el que hace referencia al final de la historia, que culminará con la segunda venida de Cristo, llena de gloria y majestad. En ese discurso, Jesús anuncia también las persecuciones que sufrirá la Iglesia y las tribulaciones de sus discípulos. Pero al final del pasaje (Lc 21, 12-19), el Señor nos exhorta a la paciencia, a pesar de los obstáculos que se puedan presentar: con vuestra paciencia salvaréis vuestras almas.

Esta frase resume nuestras vidas como cristianos, en la que vamos a sufrir pruebas diversas, unas que parecen grandes y otras de poco relieve, en las cuales debemos salir fortalecidos, con la ayuda de la gracia. Contradicciones que vendrán unas veces de fuera, de circunstancias externas a nosotros. En otras ocasiones, surgirán de dentro, de las limitaciones propias de la naturaleza humana, que no nos permitirán alcanzar aquel objetivo, si no es con un trabajo continuo, con sacrificio y tiempo… 

En todas estas circunstancias, la paciencia es necesaria para perseverar, para estar alegres por encima de cualquier acontecimiento. Teniendo la mirada en nuestro Sumo Capitán, que nos alienta a seguir adelante, sin fijarnos demasiado en lo que quiere quitarnos la paz. En Cristo tenemos la certeza que, en todas las situaciones, la victoria está de nuestra parte.

Por eso San Agustín definía que la paciencia es «la virtud por la que soportamos los males con ánimo sereno» (De Patientia). Es la virtud que nos hace llevar los sufrimientos de la vida, soportándolos con buen ánimo, sin quejarnos, por amor de nuestro buen Dios.

La paciencia no es un simple aguantarse, no es una actitud solo pasiva ante el sufrimiento; es una parte de la virtud de la fortaleza, por la cual aceptamos serenos las pruebas de la vida, ya sean grandes o pequeñas, como venidas de la mano amorosa de Dios. De ese modo, identificamos nuestra voluntad con la del Señor, permitiéndonos ser fieles en medio de la prueba. Por lo cual, la paciencia se convierte en el fundamento de la grandeza de ánimo y de la alegría de aquel que tiene la certeza que recibirá unos bienes futuros mayores.

Son diversos los campos en los que el cristiano debe ejercitar esta virtud. En primer objetivo, somos nosotros mismos. Nuestros propios defectos se repiten una y otra vez, sin poder superarlos, lo cual nos lleva fácilmente a desalentarnos. Por eso es necesario saber esperar y luchar con perseverancia, convencidos de que, mientras nos mantengamos en la lucha, estamos agradando a Dios.

Generalmente erradicar un defecto o sembrar una virtud, no es cosa que se alcanza de un día para el otro, con esfuerzos violentos y esporádicos, la lucha tiene que ser constante, cada día, siendo humildes, contando con la ayuda de la gracia, confiando en que Dios es testigo de esas luchas, pidiéndole dócilmente su ayuda. Hay batallas espirituales en las que muchas veces la estrategia de combate es el tiempo. 

La paciencia con uno mismo, en primer lugar, es necesaria, porque es posible que el Señor nos pida un período largo de lucha, quizá años, para poder avanzar en una determinada virtud o para arrancar las raíces de un defecto de nuestra vida interior.

En segundo lugar, la paciencia debe ser con quienes nos relacionamos. Hay que contar con los defectos de las personas que tratamos.

La caridad está llena de paciencia (1Co 13, 4), nos dice San Pablo. La caridad nos lleva a ser pacientes. Nos mueve a corregir en el momento más oportuno, a esperar un tiempo, a sonreír, a responder de buen modo ante una impertinencia, haciendo que nuestras palabras y gestos lleguen al corazón de esas personas, y sobre todo al Corazón del Señor, que nos mira bondadosamente porque continuamos su obra de amor.

No podemos eludir esta virtud en el apostolado. Y de eso el Señor nos dio un ejemplo admirable de paciencia con las almas. Aquellas muchedumbres que se le acercaban, decía el mismo Cristo, viendo no miran, y oyendo no escuchan, ni entienden (Mt 13, 13), sin embargo, es incansable en su predicación y en la dedicación que les presta, sin dejar de recorrer los caminos en busca de ellos. Ni siquiera sus Doce Apóstoles que lo acompañan en todo momento demuestran un gran aprovechamiento de sus palabras y obras. Pero el Señor contaba con sus defectos, contaba con su manera de ser, y no se desalienta. Más adelante, cada uno a su manera, le demostró a Cristo su fidelidad y su amor.

La paciencia es imprescindible para conquistar un alma para el Señor. ¿Y cómo no vamos a ser pacientes con los demás, si el Señor ha sido tan paciente con nosotros? ¡Y sigue siéndolo! La caridad todo lo sobrelleva, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (1Cor 13, 7). Si tenemos paciencia, permaneceremos fieles, y llegaremos a salvar nuestras almas y también las de aquellos que la Providencia puso en nuestras vidas.

Y, en tercer lugar, tenemos que tener paciencia con aquellas situaciones que nos sobrevienen y que nos son contrarias, como por ejemplo una enfermedad, o la pobreza…, o todas aquellas diversas situaciones adversas que se nos presentan en un día normal… Ahí también nos espera el Señor; en esos pequeños sucesos la paciencia debe ser la manifestación del ánimo fuerte por la que aprendemos a santificar todas las pequeñas incidencias de cada día.

Cristo paciente, padeció por nosotros, “como cordero manso, llevado al matadero” (Jer 11, 19), y nos dejó el ejemplo para que siguiéramos sus pasos. La Pasión del Señor es una inmolación libre, consciente, a la voluntad de Dios Padre. El Hijo de Dios vino al mundo para salvar a los hombres asumiendo nuestra naturaleza pasible, con la que expió nuestros pecados y santificó, sufriendo, todos nuestros dolores. 

Para llegar al encuentro con Cristo, los cristianos tenemos que aceptar el padecimiento. A imitación de la de Cristo, la paciencia cristiana es una libre aceptación de lo que en la vida crucifica, en una amorosa conformidad con la voluntad de Dios. De ese modo, la paciencia nos hace capaz de abrazar voluntariamente todo el sufrimiento que Dios permite en nuestras vidas, con una disposición positiva de amor, de unión con Cristo crucificado y resucitado.

Miremos a Cristo, el Divino Paciente, para que, fortalecidos con su ejemplo y con su Gracia, aprendemos a vivir nuestro propio sufrimiento sin desanimarnos, aprendiendo a ofrecerlo por la salvación de los demás, como nuestra humilde aportación a la obra redentora.