P. JAVIER RAY, MC

      Nuestro Señor sabe con anticipación todo lo que necesitamos. Es obvio: es omnisciente. No obstante, quiere contar con nuestra iniciativa y colaboración. Es decir, desea que pidamos en la oración.

      Claro, siempre pondremos “casi nada” y Dios pondrá “casi todo”. Pero Él lo pondrá si nosotros ponemos nuestro “casi nada”. Ese “casi nada” es puesto cada vez que rezamos, y en eso está nuestra fuerza. El Rey David creía esto por lo que no dejaba de exhortar a la oración: “¡Tengan valor y firmeza en su corazón, ustedes los que esperan en Yahvé!” (Sal 31,25). Es confianza que Dios escucha en la oración.

      Esta esperanza en la misericordia de un Dios proclive a nuestra plegaria nos ha de mover a pedir confiadamente en todas nuestras necesidades: “todo cuanto pidan con fe en la oración, lo recibirán” (Mt 21,22). Del mismo modo, exhortaba San Juan Crisóstomo, el gran orador de los primeros siglos: “Quien te redimió y te creó, no quiere que cesen tus oraciones, y desea que por la oración alcances lo que su bondad quiere concederte. Nunca niega sus beneficios a quien los pide, y anima a los que oran a que no se cansen de orar”.

      Entonces, es claro que es bueno orar, pero cabe preguntarse: ¿Dios da todo lo que le pedimos? Respondámoslo desde ahora mismo: el Señor no concede siempre exactamente lo que en particular le pedimos. Expliquémoslo.

      Dios siempre se dispone a dar a todo a aquel que “pida con fe, sin vacilar” (St 1,6). Tiene prometido que nunca faltará a quien de todo corazón le entregue su corazón y ponga su confianza en Su misericordia, orando con las disposiciones necesarias.

      Sepamos, pues, orar confiados en el Señor ya que es nuestro Padre. Como Jesús mismo nos lo enseña al revivir a Lázaro, pues ora a su Padre dando gracias por adelantado: “Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas” (Jn 11,41-42). Entonces, tengamos por seguro que si es para nuestra salvación se nos dará todo lo que le pedimos.

      Ahora, a veces sencillamente tarda en darnos lo pedido. Así lo explica aquel gran Director Espiritual de almas que fue San Claudio de la Colombiére: “Si se te rechaza hoy, mañana lo obtendrás todo, si no obtienes nada este año, el año próximo te será más favorable; sin embargo, no pienses que tus afanes son inútiles. Lleva la cuenta de todos tus suspiros, recibirás en proporción al tiempo que hayas empleado en rogar… La negativa que recibes ahora no es más que un fingimiento del que Dios se sirve para inflamar más tu propio fervor”.

      Esto nos lleva a no desanimarnos, y a concluir que: (a) nuestro Señor sabe darnos en cada momento lo que es mejor para nosotros. Por lo que ¡seamos pacientes! “Esta es la confianza plena que tenemos en Él: que si le pedimos algo según su voluntad, nos escucha” (1Jn 5,14). (b) no nos angustiemos pensando cuándo se resolverá lo que suplicamos a modo de auxilio en la oración: ya estamos sacando provecho desde el mismo momento en el que empezamos a orar. Hacemos el “casi nada” que es lo que nos corresponde a nosotros.

      Además rezar implica abrir el corazón. San Agustín trae una genial intuición en materia de oración. Enseña que la oración debe entenderse como “la conversión del corazón hacia Aquél que está siempre dispuesto a dar, si nosotros tenemos la capacidad de recibir lo que Él nos quiere dar”. Por tanto, hemos de crecer en conformidad con Su voluntad, alimentar resignación y aceptación de todo lo que Él nos envíe.

      Y ¿cómo puede ser que pidamos algo en concreto, y este Buen Padre no nos lo envíe? Se entiende recordando que Dios sabe mejor que nosotros qué nos ayuda. Si no recibimos lo que pedimos debemos de entender que es porque no nos conviene. Aceptémoslo con humildad y docilidad. Es obvio que Dios nos da lo que necesitamos, lo cual nunca sabremos con claridad qué es. Por lo que nuestra actitud más santa es aquella que nos permite “querer lo que Dios quiere”. Mantengámonos siempre sumisos a Su querer, que es querer divino de benevolencia de Padre a hijo.

      Esto no quita que no podamos pedir en concreto por algo, sin que nos empeñemos en que Dios nos tenga que hacer caso, ¡como si nosotros supiésemos más que Él qué es lo que nos conviene!

      Entonces, si Dios no cumple lo que le pedimos con oración fervorosa, debemos quedarnos tan calmos y tranquilos como si nos hubiera hecho plenamente caso. Porque ¡Él sabe lo que más nos conviene! Ese es el punto: recemos… –quiere Dios que recemos–, con fervor, con perseverancia, con insistencia, con la intercesión poderosísima de María. Y luego pongámonos en sus manos. “Conformarse con la voluntad de Dios –enseña San Alfonso María de Ligorio– es la oración más hermosa”. Pedir y terminar orando como dice el Padrenuestro: “hágase tu voluntad así en la tierra”, es la mejor oración. Porque es la oración de aquel que sabe poner todas sus súplicas en las mejores manos.

      Así San Doroteo enseñaba que el gran medio para conservarse en continua paz y tranquilidad de corazón reside en saber recibirlo todo del Todopoderoso, venga como venga, me guste o no.

      Por tanto, retengamos y hagamos lo siguiente: (a) pidamos todo lo que con buena intención queremos de Dios, pero (b) démonos por satisfechos con que Dios haya recibido nuestras peticiones. Eso es todo lo que nos toca hacer. Tengamos por seguro que escucha nuestras súplicas. Y conservémonos en paz interior confiados plenamente que recibiremos siempre lo que es mejor para nosotros. Creámoslo, para poder terminar sintiendo lo que nos augura San Pablo: “el Dios del amor y de la paz estará con vosotros” (2Co 13,11).